Viviendo la posteridad


Ya estamos instalados en la posteridad. En cada pequeño acto de nuestra vida cotidiana, está la intención de dejar una pequeña huella, una marca. Por ejemplo, en el mensaje que dejamos en nuestra red social favorita, ese que todos leerán si nos morimos antes de desactivar la cuenta; en las fotos de la última fiesta o reunión, que colgamos presurosos y exhibicionistas. O en los blogs que llenamos con nuestras obsesiones preferidas.

Vivimos para una imaginaria posteridad, cuando menos podemos jugar a que esta existe, y tomar la delantera eternizándonos en mensajes, ideas y opiniones.

Por eso invitamos a quien lo desee, a dejar una huella en este espacio.


miércoles, 22 de febrero de 2012

TEMPURA CON WASABI por Luís Freire Sarria



            Su sombra encornada de diablo tieso me embestía en la puerta de la sala. La heredé de mi padre junto con la casa, perteneció al ejército del famoso daymô Date Masamune, “El señor de la oscuridad que cabalga”. El sol poniente la alargaba de un extremo a otro de la habitación, prolongando su amenaza hasta encarármela contra el alma. Mi padre tenía un pequeño museo de arte tradicional que le encantaba mostrar a sus invitados. Era negra desde el casco hasta la última placa, con dos aceros al cinto, el cuchillo de la propia muerte y la katana de la muerte ajena. Lamentablemente, los acreedores se lo llevaron todo, esta armadura es lo único que pude rescatar. La máscara de hierro lacado me miraba con fiereza demoníaca. Qué diferencia con el silencio facial de las armaduras occidentales. Mi padre era uno de los banqueros de la colonia, invertía en algodón todo el dinero que le confiaban sus clientes. El efecto había sido cuidadosamente forjado por el artesano a pedido del samurai, pero en sus cuencas vacías nadaba un invisible maligno que animaba la crueldad de su boca y su narizota de mefisto nipón. Durante varios años, el Tangüis le fue fiel, le dio dinero y le permitió pagar puntualmente los intereses correspondientes. Los tres cuernos de la cimera, altos y afilados, colmillos de sable dispuestos a desgarrar las tripas del cielo, proclamaban el desprecio de su señor por toda misericordia. Hasta que un cargamento se le hundió frente a Veracruz con el barco que lo llevaba al Japón y como si fuera poco, se le incendió otro en la misma Tokio, dos cargamentos perdidos, uno tras otro. El shikoro o cubrenuca se derramaba por detrás con pesadez impresionante. Qué cuello de caballo debió tener el samurai para que no se le fuera la cabeza para atrás. Mi padre quedó en la quiebra y ante la imposibilidad de devolverles el dinero a sus ahorristas,... Los faldones que bajaban de la coraza y las anchas hombreras estaban unidos con cintas de seda preciosa entretejida con cuero de caballo teñido de rojo. ...hizo lo que todo caballero nipón entendía por honorable, pagar la deuda con su vida, clavándose un cuchillo en la barriga. ¿Penaría la sangre del viejo Kitsutani en los aceros de la armadura? Tal vez, el horror de sus tripas desgarradas vibraba todavía en la hoja de ese cuchillo. Una madrugada, escuché pasos como los de un perro con la uñas sin cortar. Yo no tengo mascota, de modo que no me quedaron dudas de que alguien se movía sigilosamente por la casa. Me levanté con el máximo cuidado y traté de espiar en la oscuridad. Kitsutani no se desangró hasta morir, alguien le cortó la cabeza con una katana para abreviarle la agonía como pedía la tradición, pero quién, es algo que nunca se pudo saber. Sólo la armadura había estado allí, dándole la cara a la muerte. Lo que vi, fue tan increíble, que me di un frentazo contra una pared. La armadura estaba descendiendo la escalera que da a la puerta de calle. No la seguí, quién sabe cómo hubiera reaccionado, teniendo como tenía, ese par de aceros en la cintura. Sentado en mi cama, esperé hasta escuchar cómo los pasos subían de regreso. No temí más y salí a su encuentro. Yo estaba descalzo, de modo que no hice ruido al acercarme. Aún así, me escuchó. Volteó para encararme. No había ojos detrás de la máscara negra. El terror me clavó al piso como una estaca. Lentamente, la armadura se dirigió a su emplazamiento y se estacionó, inmóvil, donde había estado siempre desde que la compró mi padre. Decidí venderla al día siguiente. Lo hubiera hecho, de no ser por una noticia radial que recogía en son de cacha, las declaraciones del guardián del restaurante “Matsuei”, de San Isidro, que aseguraba con voz temblorosa que me pareció sincerísima, haber sorprendido la noche anterior lo que parecía una armadura samurai o algo por el estilo, robando tempura con wasabi de la cocina.  

1 comentario:

Cecilia Medo dijo...

Qué bien escribes Luis Freire, te recuerdo desde la revista Sí! Saludos!
Cecilia

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