Viviendo la posteridad


Ya estamos instalados en la posteridad. En cada pequeño acto de nuestra vida cotidiana, está la intención de dejar una pequeña huella, una marca. Por ejemplo, en el mensaje que dejamos en nuestra red social favorita, ese que todos leerán si nos morimos antes de desactivar la cuenta; en las fotos de la última fiesta o reunión, que colgamos presurosos y exhibicionistas. O en los blogs que llenamos con nuestras obsesiones preferidas.

Vivimos para una imaginaria posteridad, cuando menos podemos jugar a que esta existe, y tomar la delantera eternizándonos en mensajes, ideas y opiniones.

Por eso invitamos a quien lo desee, a dejar una huella en este espacio.


martes, 28 de febrero de 2012

Contracultura y posmodernidad en los ensayos de Mario Vargas Llosa por Arturo Delgado Galimberti



No parece novedoso escribir sobre la obra de Mario Vargas Llosa, pues es uno de los pocos autores peruanos cuyos libros han sido estudiados con detenimiento. A su vez, las posiciones político ideológicas del escritor suelen merecer el inmediato rechazo o menosprecio de parte de sus detractores, o la exaltación y la defensa acrítica de parte del círculo de intelectuales, escritores y artistas que conforman esos “poderes secretos”(1) enquistados en los medios de comunicación (quienes en una reciente polémica han sido también tildados como los “regios”). Pero, al parecer, a ninguno de los dos sectores les ha interesado indagar por la coherencia de Vargas Llosa (MVLL, en adelante) en relación con su cerrada defensa de la modernidad como abanderada de la libertad y creatividad humanas, así como las aporías de su discurso en tanto se lo confronta con los planteamientos posmodernos y las expresiones literarias afines a la contracultura. Adelantemos, sin embargo, que no nos mueve ningún interés en descalificar la obra ensayística de MVLL; sólo hemos rastreado sus preferencias y sus opiniones literarias en torno a los autores, movimientos y hechos relacionados con dos conceptos opuestos y contradictorios –la contracultura y la posmodernidad– en un intento de establecer en el caso de MVLL los límites y las posibilidades del discurso de la modernidad.

Finalmente, en vista de la profusa cantidad de artículos, entrevistas y breves ensayos publicados por el MVLL, nos hemos centrado sólo en sus ensayos literarios editados en el formato tradicional del libro, renunciando adrede –por razones de espacio– a cualquier otro texto en donde también se aborde esta temática.

(1) “Poderes secretos” es el título de un breve ensayo-“novela virtual” de Miguel Gutiérrez sobre Blas Valera y su Historia Occidentalis, en el cual, tras un sucinto recuento de hechos históricos que habrían determinado que este texto fuese incinerado y luego reemplazado por uno apócrifo en los Comentarios reales del Inca Garcilaso de la Vega, se revela la existencia de una cuatricentenaria secta, la cual, alertada de la existencia del verdadero manuscrito de Blas Valera que pondría en peligro los paradigmas sobre la nación y la cultura que constituyen el canon oficial que la secta protege, se encargará de silenciar este hallazgo.


La modernidad en los ensayos de MVLL
Se podrían resumir en una sola frase las motivaciones de MVLL al escoger sus temas de sus ensayos literarios: una preocupación constante por defender la “modernidad democrática”. Desde su ensayo de juventud Madame Bovary: La orgía perpetua hasta su más reciente La pasión de la libertad, el escritor peruano-hispano ha ido decantando sus gustos y sus aversiones en la literatura, es decir elaborando una estética, a partir de esta elección política previa. ¿Pero cuáles son las características de la modernidad que resalta en sus diversos análisis? En primer lugar, como ya señalamos, MVLL hace hincapié en la libertad. Como este concepto es demasiado genérico y podría suponer diversos matices, e incluso podría ser negado del plano real y puesto en la dimensión de las utopías (pues, siguiendo a Freud, no existe civilización sin un grado de represión), MVLL nos intenta convencer de que el súmmun de esta necesidad libertaria se expresaría en las sociedades democráticas capitalistas, donde la libertad de expresión tendría como componente esencial la libertad de empresa, la cual a su vez se basaría en la propiedad privada, pues es el sustento de la libertad individual. Es tanta su convicción al respecto, que ha llegado a pensar en una ecuación mental en la cual la literatura sumada a la modernidad es igual a la defensa de la propiedad privada. Si no, leamos lo que dice en ocasión del cuatricentenario de Don Quijote:

“¿Qué idea de la libertad se hace don Quijote? La misma que, a partir del siglo XVIII, se harán en Europa los llamados liberales: la libertad es la soberanía de un individuo para decidir su vida sin presiones ni condicionamientos, en exclusiva función de su inteligencia y voluntad. (...) En los halagos y mimos de que fue objeto, el Ingenioso Hidalgo percibió un invisible corsé que amenazaba y rebajaba su libertad ‘porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si (los regalos y la abundancia que se volcaron sobre él, añadido de MVLL) fueran míos’. El supuesto de esta afirmación es que el fundamento de la libertad es la propiedad privada, y que el verdadero gozo sólo es completo si, al gozar, una persona no ve recortada su capacidad de iniciativa, su libertad de pensar y de actuar. Porque ‘las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!’. No puede ser más claro: la libertad es individual y requiere un nivel mínimo de prosperidad para ser real. Porque quien es pobre y depende de la dádiva o la caridad para sobrevivir, nunca es totalmente libre. Es verdad que hubo una antiquísima época, como recuerda el Quijote a los pasmados cabreros en su discurso sobre la Edad de Oro (I, II, pág. 97) en que ‘la virtud y la bondad imperaban en el mundo’, y que en esa paradisíaca edad, anterior a la propiedad privada, ‘los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío’ y que llegaron ‘nuestros detestables siglos’, en los que, a fin de que hubiera seguridad y justicia, ‘se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos’ ”.(1)

Este tipo de argumentaciones serán moneda corriente en los textos en los que MVLL necesite probar que la libertad individual y la modernidad están ligadas, como hermanos siameses, al mercado capitalista y a la propiedad privada. No importa si hable de Cervantes, Flaubert, Brecht, Enzensberger, o cualquier otro autor, ya sea para “asimilarlo” a su propio pensamiento o para refutarlo a partir de él. En lo que respecta a Don Quijote, la lectura de MVLL es una interpretación interesada, tendenciosa, la cual, acomodando las citas a la fuerza como en un lecho de Procusto, quiere convertir a ese entrañable personaje en un adalid del liberalismo. No sería difícil para un anarquista o para un marxista extrapolar frases del Ingenioso Hidalgo para probar todo lo contrario. Es más, toda la novela muestra la actitud desprendida y batallante de Don Quijote, que no se conviene ante nadie ni se amarra a ninguna propiedad ni territorio sino sólo cuando ya ha renunciado, por la contundencia de la realidad, a su propia utopía caballeresca. Pero al margen de esta interpretación antojadiza de MVLL, habría que ver qué tan cierta resulta la supuesta necesidad de la libertad de empresa para el desarrollo de la libertad de expresión, o si más bien la subordinación (o interacción) entre ambas categorías es tan ficticia para el mundo real como las novelas de nuestro famoso escritor. El propio MVLL se encargará de desmentirse cuando se refiera a los “logros económicos” del fujimorismo:

“La economía se ha ordenado y con las privatizaciones, la apertura de las fronteras y la creación de mercados, un segmento minoritario se beneficia a ojos vista. Hay una erupción de edificios de apartamentos para las clases altas y Lima está llena de supermercados, almacenes, galerías, cadenas norteamericanas de fast food (Mac Donalds, Pizza Huts, Burger King, Kentucky Fried Chicken, etcétera) y de vídeos, cinemas modernos, restaurantes, y con la flamante Telefónica los nuevos usuarios obtienen el teléfono en pocos días (yo tuve que esperar nueve años para el mío) (…) La modernización ha llegado también, aunque más débilmente, a algunos bolsones del interior. En las pampas de Ica se multiplican las pequeñas y medianas empresas que, empleando el riego por goteo y otras tecnologías de punta, cultivan tomates, espárragos, flores y otros productos para la exportación, y las inversiones mineras, en los Andes centrales y norteños, son cuantiosas”. (2)

Es decir, casi el paraíso liberal hecho realidad en plena dictadura fujimorista, autoritarismo que obviamente es reprochado por MVLL aunque...

“De todos modos, aunque defectuosa e insuficiente, la orientación de las reformas económicas emprendidas por el régimen autoritario de Fujimori es la adecuada y el Gobierno democrático que algún día lo reemplace deberá profundizarla y perfeccionarla, de ningún modo dar marcha atrás”. (3)

Es fácil presumir que en su noción de modernidad y libertad, la libertad de empresa es un concepto mucho más imprescindible e intocable que la libertad de expresión que dice defender. El caso reciente de la grotesca homogeneización en el manejo de la información en la campaña electoral para la Presidencia de la República en nuestro país, donde no hubo un solo medio de comunicación que distribuyera su crítica por igual contra los candidatos favoritos, sino que al unísono todos se ensañaron contra quien se consideraba casi un peligro nacional, no causó el menor rubor en este libertario de marras, quien más bien se sumó en la cruzada como un digno caballero quijotesco de los ideales de libertad (de empresa, claro).

Otra característica de la modernidad de MVLL, como no podría ser de otro modo, es que esta debe ser a imagen y semejanza de la cultura occidental. No corresponde a este ensayo hacer un análisis detallado de su libro La utopía arcaica, pero creemos que un par de citas serán suficientes para corroborar cómo este otro componente es imprescindible para la realización de la modernidad vargasllosiana. En casi todas las páginas de su crítica contra el “arcaísmo utópico” del indigenismo, MVLL se esfuerza en probar que lo que le disgustaba a Arguedas no era el capitalismo sino que este conllevaba a la modernidad y, en consecuencia, a la desaparición de las tradiciones y la cultura del hombre andino.

“Ahora bien, lo cierto es que, como hemos ido viendo a lo largo de todo su proceso creativo, la idea de la revolución que se desprende de su obra (se refiere a El zorro de arriba y el zorro de abajo, anotación mía) difícilmente puede ser llamada marxista e, incluso, socialista. Su ideal es arcádico, hostil al desarrollo industrial, antiurbano, pasadista. Con todas las injusticias y crueldades de que puede ser víctima en sus comunidades de las alturas andinas, el indio está allí mejor que en Chimbote”. (4)

Sin embargo, la cultura andina no podría por sí misma haber evolucionado hacia un tipo de sociedad alternativa de bienestar en donde se contemplara la libertad individual, pues…

“La civilización quechua, capaz de dar de comer a todos sus habitantes y que alcanzó admirables niveles de organización y de realización material, fue despersonalizadora, destructora del libre albedrío y de la vida privada. Su perfección social fue la de la colmena o el hormiguero. La intimidad individual aparece poco, en forma explícita, en nuestra literatura porque sobre nosotros pesa la tradición de una cultura que deshizo al individuo en la colectividad”. (5)

No gastaremos tinta en refutar esta aseveración de nuestro gran escritor. Sólo nos limitaremos a enfatizar que estas son las bases sobre las que se apoya la defensa de la modernidad de MVLL: la libertad de expresión dentro del capitalismo y la cultura occidental.

(1) Cervantes, Miguel de. Don Quijote de la Mancha. Edición IV Centenario. Real Academia Española, Asociación de Academias de la Lengua Española, Editorial Alfaguara, Pontificia Universidad Católica del Perú. 2004. Págs. XIX-XX.
(2) “Siete años, siete días”, pp. 148-149. En: Vargas Llosa, Mario. El lenguaje de la pasión. Editorial Peisa. Lima, 2001. 279pp.
(3) Op. cit., pág. 150.
4 Vargas Llosa, Mario. La utopía arcaica: José María Arguedas y las ficciones del indigenismo. Fondo de Cultura Económica. México, 1996. p. 307.
(5) Op. cit., p. 303.


La contracultura en los ensayos de MVLL

Los movimientos de oposición a la modernidad capitalista,(1) que para la lógica vargasllosiana están imbuidos de una suerte de ideal arcaizante, desde otra perspectiva pueden recibir la denominación de “contracultura”. Es curioso que muchas de las ideas de Arguedas contra los efectos nocivos de la industrialización sean hoy el eje en torno al cual se aglutinan diversos grupos que reivindican la ecología y las culturas étnicas, entre los cuales están, por supuesto, los movimientos antiglobalización. Uno de sus teóricos, conocido a partir de las protestas de Seattle, es John Zerzan, autor del Futuro Primitivo, en el cual sostiene que el problema del hombre no comienza en el capitalismo, sino en el neolítico, y propone una economía preagraria. (2)

Pero para tener más claro qué manifestaciones pueden ser consideradas contraculturales, partamos de una definición. La del sociólogo y escritor venezolano Luis Britto García nos parece pertinente:

“Como la cultura se sustenta en las diversas memorias individuales de los integrantes del cuerpo social, y en las redes simbólicas a través de las cuales se comunican, dicho modelo no es homogéneo, como tampoco lo es la sociedad. De hecho memorias y culturas son sistemas de advertir heterogeneidades. De allí que a toda discontinuidad, a toda divergencia de condiciones dentro del grupo social, corresponda una diferenciación del modelo. Así como toda cultura es parcial, a toda parcialidad dentro de ella corresponde una subcultura. Cuando una subcultura llega a un grado de conflicto inconciliable con la cultura dominante, se produce una contracultura: una batalla entre modelos, una guerra entre concepciones del mundo, que no es más que la expresión de la discordia entre grupos que ya no se encuentran integrados ni protegidos dentro del conjunto del cuerpo social”. (3)

Ahora bien, ¿cuál es la actitud de MVLL frente a las expresiones y los movimientos de signo contracultural? En tanto que se le aparecen pacíficos, permeables producto de una moda pasajera y juvenil, o como expresión de una religiosidad inocua de los pobres, se muestra condescendiente y hasta tolerante, como se desprende de la lectura de su artículo dedicado a Bob Marley:

“Cuando visitó el África (Bob Marley, añadido mío) descubrió que aquel continente estaba lejos de ser aquella tierra de salvación para el pueblo negro con que lo mitificaban su credo y sus canciones y, desde entonces, estas fueron menos ‘negristas’, más ecuménicas y fue más intensa su prédica pacifista y su reclamo de espiritualidad.
No hay que ser religioso para darse cuenta de que sin las religiones la vida sería infinitamente más pobre y miserable para los pobres y miserables, y, también, de que los pueblos tienen las religiones que les hacen falta. Yo abominé de los pintorescos sincretismos teológicos de los rastas, de sus comuniones marihuanas, de las horrendas recetas de su dietario y de sus pelambres inextricables cuando descubrí que un hijo mío y un grupo de amigos suyos del colegio se habían vuelto catecúmenos de semejante fe. Pero lo que en ellos era sin duda pasajera moda, versátil voluptuosidad de jóvenes privilegiados, en los luctuosos callejones de Trench Town, o en la pobreza y el abandono de las aldeas de la parroquia de St. Ann me ha parecido una conmovedora apuesta por la vida del espíritu, en contra de la desintegración moral y la injusticia humana”. (4)

Estas muestras de comprensión y hasta de solidaridad frente a un movimiento musical religioso de carácter contracultural (en donde, sin embargo, no puede evitar expresiones de rechazo a lo que constituyen sus usos y costumbres) se diluyen y desaparecen cuando cree que hay una amenaza a la cultura hegemónica que él defiende, como en el caso de la insurgencia zapatista del comandante Marcos, a la que por un lado acusa de antidemocrática y por otro lado banaliza como si se tratase de un producto mediático:

“A ese proceso de democratización de México, el subcomandante Marcos no lo ha ayudado en lo más mínimo; lo ha entorpecido y confundido, restándole legitimidad a la oposición democrática y ofreciendo coartadas de supervivencia al poder que dice combatir. Desde luego, no es imposible que el héroe virtual que es él hoy día sea asesinado el día de mañana, por sus adversarios o por algún aliado envidioso, y pase entonces a engrosar el panteón de los héroes y de los libertadores: la Historia está trufada de esas prestidigitaciones. Pero, como este libro prueba hasta la saciedad, no es ese el destino que su trayectoria merece. Sino, más bien, el que preludian las ofertas que le han hecho llegar dos de sus más entusiastas admiradores: el cineasta Oliver Stone, para que encarne a su propio personaje en la película que piensa dedicarle, o como modelo de Benetton, en una campaña publicitaria de ‘los alegres colores’ diseñada por Olivero Toscani, el creativo del modisto, cuyo botón de oro sería la imagen del subcomandante, antifaz en la cara, metralleta al hombro, cachimba en la boca, en el centro de una ronda de indígenas armados y uniformados mirando confiados un horizonte de radiante sol”. (5)

En el ámbito literario, a sus conocidas polémicas con escritores de izquierda (marxistas y socialdemócratas), como el caso de su sonado intercambio verbal con Günter Grass, habría que agregar su menosprecio a escritores vinculados a los movimientos contraculturales, sobre todo a lo que Britto García llama “la contracultura de la droga”, con el caso emblemático de William Burroughs. (6) Al respecto, es sintomático lo que refiere sobre la primera impresión que le causó la lectura de Trópico de Cáncer de Henry Miller:

“El libro me impresionó pero no creo que me gustara: tenía entonces –lo tengo todavía– el prejuicio de que las novelas deben contar historias que empiecen y acaben, de que su obligación es oponer al caos de la vida un orden artificioso, pulcro y persuasivo. Trópico de Cáncer –y todos los libros posteriores de Miller– son caos en estado puro, anarquía efervescente, un gran chisporroteo romántico y tremendista del que el lector sale mareado, convulsionado y algo más deprimido sobre la existencia humana de lo que estaba antes del espectáculo. El riesgo de este género de literatura suelta, deshuesada, es la charlatanería y Henry Miller, como otro ‘maldito’ contemporáneo, Jean Genet, naufragó a menudo en ella”. (7)

La ambición de totalidad siempre ha acompañado a las novelas de MVLL. El “orden artificioso, pulcro y persuasivo” es, de alguna manera, parte de su ideal de modernidad. El caos, la dispersión, el contar historias que “empiecen y no acaben”, todo ello se sitúa, pues, en el lado opuesto de su teoría de la novela, de la literatura, de la ficción misma. Pero para que este orden dé una garantía de ser realmente persuasivo debería alcanzar un alto grado de estabilidad. ¿Este es acaso un rasgo de la modernidad? Si hemos de aceptar las conclusiones de Marshall Berman, como lo señala la paráfrasis de Marx que da título a su libro, en la modernidad “todo lo sólido se desvanece en el aire”:

“El único fantasma que realmente recorre la clase dominante moderna y pone en peligro al mundo que ha creado a su imagen es aquello que las elites tradicionales (y, ya que estamos, las masas tradicionales) siempre han anhelado: una sólida y prolongada estabilidad. En este mundo, la estabilidad sólo puede significar entropía, muerte lenta, en tanto que nuestro sentido del progreso y el crecimiento es nuestro único medio de saber con seguridad que estamos vivos. Decir que nuestra sociedad se está desintegrando sólo quiere decir que está viva y goza de buena salud”. (8)

De modo que MVLL, acosado por sus propios fantasmas modernos, rehúye la lectura de los escritores que le perturban la falsa estabilidad de una modernidad capitalista que es contradicha no sólo por su propia evolución cambiante e insegura, sino por las diversas expresiones y movimientos contraculturales que le salen continuamente al frente.

(1) En estricto, la única modernidad existente. Desde la Escuela de Frankfurt hasta Rudolph Bahro, (en su libro El socialismo realmente existente) la crítica de la nueva izquierda contra las sociedades socialistas del siglo XX se centró en demostrar que, por ejemplo, así como los programas quinquenales que aplicó Lenin seguían a pie juntillas las teorías económicas liberales, el carácter del Estado de los países de la órbita soviética se podrían calificar como “capitalismo de Estado”.
(2) El texto en mención es inhallable en formato de libro en su versión traducida al castellano. En algunas páginas de foros anarquistas se pueden hallar menciones o fragmentos del ensayo de Zerzan. Hace algunos años, había en internet una página en castellano dedicada al autor, donde figuraba el texto completo, de la cual dispongo de una fotocopia; lamentablemente, esta página ya no existe.
(3) Britto García, Luis. El imperio contracultural: del rock a la postmodernidad. Editorial Nueva Sociedad. Caracas, 1994 (segunda edición), pp. 17-18.
(4) “Trench Town Rock”, pp. 67-68. En: Vargas Llosa, Mario. El lenguaje de la pasión. Editorial Peisa. Lima, 2001. 279pp.
(5) “La otra cara del paraíso”, p. 187. En: Vargas Llosa, Mario. El lenguaje de la pasión. Editorial Peisa. Lima, 2001. 279pp.
(6) A contracorriente de la crítica, le parece un autor poco digerible, y manifiesta que sólo rescata su obra juvenil “Junkie”. Ver: Mario Vargas Llosa, Cartas a un joven novelista, Ariel-Planeta, España, 1997.
(7) Vargas Llosa, Mario. La verdad de las mentiras. Peisa. Lima, 1996. p. 77.
(8) Berman, Marshall. “Todo lo sólido se desvanece en el aire”. Siglo XXI Editores. México, 1999, p.90.


La posmodernidad en los ensayos de MVLL


El mismo distanciamiento que a MVLL le provocan las expresiones contraculturales, le causa el posmodernismo, aunque con matices. El discurso posmoderno se centra, al menos en su concepción más general, en la negación de los grandes metarrelatos, esto es, la imposibilidad de que la historia pueda tener un sentido narrativo unidireccional.

“El posmodernismo no está entregando otra narración de la historia, sólo negando que la historia esté armada con algún sentido narrativo (…) el mundo en sí es un incesante juego de diferencia y no-identidad”. (1)

De este juego de diferencia y no-identidad surge el sujeto posmoderno, el cual, prosiguiendo la definición que ofrece Eagleton, es una “criatura del mercado”, un “ser descentrado” (“el yo deconstruido”). (2) Al igual que el sujeto posmoderno, el arte y la literatura también se deconstruyen. En este proceso se les desvincula del acto creador y de la idea de totalidad; más bien, expresan la fragmentación y la autonomía de los significantes frente a los significados. Son, en sí mismos, en tanto lenguaje, como diría Foucault, “estructuras de poder”. Ante estos planteamientos, MVLL se muestra implacable:

“Cada vez que me he enfrentado a la prosa oscurantista y a los asfixiantes análisis literarios o filosóficos de Jacques Derrida he tenido la sensación de perder miserablemente el tiempo. No porque crea que todo ensayo de crítica deba ser útil –si es divertido o estimulante me basta– sino porque si la literatura es lo que él supone –una sensación o archipiélago de ‘textos’ autónomos, impermeabilizados, sin contacto con la realidad exterior y por lo tanto inmunes a toda valoración y a toda interrelación con el desenvolvimiento de la sociedad y el comportamiento individual– ¿cuál es la razón de deconstruirlos? ¿Para qué esos laboriosos esfuerzos de arqueología retórica, esas arduas genealogías lingüísticas, aproximando o alejando un texto de otro hasta constituir esas artificiosas deconstrucciones intelectuales que son como vacíos animados? Hay una incongruencia absoluta entre una tarea crítica que comienza por proclamar la ineptitud esencial de la literatura para influir sobre la vida (o para ser influida por ella) y para transmitir verdades de cualquier índole asociables a la problemática humana y que, al mismo tiempo, se vuelca tan afanosamente a desmenuzar –a menudo con alardes intelectuales de inaguantable pretensión– esos monumentos de palabras inútiles”. (3)

La pérdida de la relación entre la obra y la vida, la negación de la capacidad transformadora de la literatura o la posibilidad de que esta idea ya le sea indiferente al lector posmoderno cuando acomete la lectura de un libro, es más que sólo una preocupación para MVLL, porque cuestionaría y haría desfasada su teoría de “los demonios” del novelista, su ideal flaubertiano de convertir a la novela en un “instrumento de participación negativa” en la vida. Esto es lo que nos dice el joven MVLL en La orgía perpetua:

“...con qué constancia Flaubert se consideró un ser marginal a la sociedad y cómo creyó siempre que su vocación literaria era consecuencia directa y afirmación de esta marginalidad. Pienso que el trastorno que significó para la cultura en general y para la literatura en particular el nacimiento de la sociedad industrial, el desarrollo veloz de la alta y media burguesía, es tan importante para explicar el anacoretismo de Flaubert como su situación familiar. En todo caso, es evidente que las condiciones estaban dadas para que, a partir de esta actitud de desesperado individualismo ante la vocación, lúcidamente asumida como una ciudadela contra el mundo, surgiera una estética de la incomunicabilidad o del suicidio de la novela, un arte en el que la marginación social y psicológica del artista tuviera un equivalente formal, es decir un arte de lo particular, de lo fragmentario, de lo inexpresable, de la destrucción. De una vocación apoyada en el rechazo furibundo de los hombres podía haber nacido una literatura en la que la palabra no fuera lugar de encuentro, sino escudo, frontera, tumba, prueba de la imposibilidad de conciliar arte y diálogo en la nueva sociedad tumultuosa.
Y sin embargo, no, Flaubert no fue el sepulturero genial de la novela. Su pesimismo no se tradujo en una literatura del silencio, en un virtuosismo solipsista, en un aristocrático juego lingüístico de reglas vedadas a la ingerencia (así escrito en el texto de MVLL, nota mía) pública. Desde su mundo aparte, Flaubert, a través de la literatura, entabló una activa polémica con ese mundo odiado, hizo de la novela un instrumento de participación negativa en la vida”. (4)

El “arte de lo particular, de lo fragmentario, de lo inexpresable”, casi una visión adelantada del ideal posmoderno, es visto por MVLL como el “suicidio de la novela”. De allí se entiende también el recelo que produce en MVLL el nouveau roman y escritores como Samuel Beckett. Su apego a la “historia”, al discurso, es justamente defendido con ardor en La orgía perpetua, en contrapunto con la reivindicación de Robbe-Grillet de la figura de Flaubert como precursor de ese tipo de novela que pretende despojarse de la anécdota. En ese sentido, anotaremos que este es uno de los pocos aspectos en los que MVLL se ha mantenido coherente en el transcurso de los años, como un sobreviviente del credo moderno que se está quedando a la zaga en el siglo XXI.

(1) Eagleton, Terry. Las ilusiones del posmodernismo. Editorial Paidós. Argentina, 1996, p. 58-59.
(2) Op. cit., pp. 137-140.
(3) “Posmodernismo y frivolidad”, pp. 31-32. En: Vargas Llosa, Mario. El lenguaje de la pasión. Editorial Peisa. Lima, 2001. 279pp.
(4) Vargas Llosa, Mario. La orgía perpetua: Flaubert y ‘Madame Bovary’. Seix Barral, 1986 (tercera edición), pp. 272-273.



CODA


Esperamos que de alguna manera hayamos conseguido aproximarnos a algunos aspectos poco analizados de la obra de MVLL. Sin embargo, este ensayo debe considerarse como un esbozo y un primer intento de develar las relaciones complejas y contradictorias de la obra de MVLL con las contraculturas y el posmodernismo a partir de su idea de modernidad.


BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA


Berman, Marshall. Todo lo sólido se desvanece en el aire. Siglo XXI Editores. México, 1999, 386pp.

Britto García, Luis. El imperio contracultural: del rock a la postmodernidad. Editorial Nueva Sociedad. Caracas, 1994 (segunda edición), 245pp.

Cervantes, Miguel de. Don Quijote de la Mancha. Edición IV Centenario. Real Academia Española, Asociación de Academias de la Lengua Española, Editorial Alfaguara, Pontificia Universidad Católica del Perú. 2004. 1455 pp.

Eagleton, Terry. Las ilusiones del posmodernismo. Editorial Paidós. Argentina, 1996, 206pp.

Vargas Llosa, Mario. El lenguaje de la pasión. Editorial Peisa. Lima, 2001. 279pp.

Vargas Llosa, Mario. La utopía arcaica: José María Arguedas y las ficciones del indigenismo. Fondo de Cultura Económica. México, 1996. 359pp.

Vargas Llosa, Mario. Cartas a un joven novelista, Ariel-Planeta, España, 1997, 157pp.

Vargas Llosa, Mario. La verdad de las mentiras. Peisa. Lima, 1996. 206pp.

Vargas Llosa, Mario. La orgía perpetua: Flaubert y ‘Madame Bovary'. Seix Barral, 1986 (tercera edición), 276pp.

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