Viviendo la posteridad


Ya estamos instalados en la posteridad. En cada pequeño acto de nuestra vida cotidiana, está la intención de dejar una pequeña huella, una marca. Por ejemplo, en el mensaje que dejamos en nuestra red social favorita, ese que todos leerán si nos morimos antes de desactivar la cuenta; en las fotos de la última fiesta o reunión, que colgamos presurosos y exhibicionistas. O en los blogs que llenamos con nuestras obsesiones preferidas.

Vivimos para una imaginaria posteridad, cuando menos podemos jugar a que esta existe, y tomar la delantera eternizándonos en mensajes, ideas y opiniones.

Por eso invitamos a quien lo desee, a dejar una huella en este espacio.


jueves, 26 de abril de 2012

REYGADAS LA IRA DE DIOS POR GABRIEL MESETH



El Controversial  Carlos Reygadas ( Ciudad de México, 1971), jugó rugby para la selección de su país, además de profesar derecho internacional en Bruselas. Sin embargo, su interés por el oficio del cine terminó por conquistarlo. Luego de un triunfo indiscutible en Cannes, visitó Lima para presentar su última producción en el festival organizado por la PUCP.
Aprovechando el evento, esperamos que el presente reportaje signifique para mucho el descrubrimiento o confirmación de un extraordinario cineasta.

En tiempos de teatro filmado y literatura e ilustrada, el mexicano Carlos Reygadas-abogado de profesión- se valió de no actores y presupuestos austeros para dirigir el corto belga Maxhumain (1999), y, poco tiempo después, su alabada ópera prima, Japón(2002). El riesgo se agradece, pues su manera de transmitir atmósferas resulta incomparable. La imagen transgrede tiempo y espacio al provenir de las entrañas, para alcanzar un estado de pureza experimentada salvo en contadas ocaciones dentro de la filmografía azteca.
Esta afirmación quedó sustentada en el 2005 con Batalla en el Cielo, al estrenarse durante el festival de Cannes para competir por la preciada Palma de Oro, como también para generar en la platea reacciones de los más extremas.
Monumental y compleja, esta maravilla enaltece a su autor como uno de los artistas más talentosos e influyentes de su época, cuyas obras hacen posible el pensar y discutir sobre cine.

“A matarme”

Cuando un pintor(Alejandro Ferretis) viaja desde la ciudad hacia un pueblo en las montañas, un cazador que se encuentra en el camino le pregunta- si no es indiscreción- el porqué  de su irregular trayecto. “A matarme”, responde el peregrino. Japón, el multipremiado primer trabajo de Carlos Reygadas, contiene el mismo sentimiento de esa frase tan áspera.
Ocurre que la muerte es una sombra que respira en cada cuadro del filme. Sin embargo aquella presencia determinante para el personaje, adquiere distintas siluetas a lo largo de su odisea. La meditación del suicida desemboca progresivamente en las múltiples probabilidades que el viaje ofrece en torno a su destino: he ahí la interminable caravana de niños que camina ante sus ojos mientras dibuja un cuadro y escucha a Bach en sus audífonos; el sueño de una bella mujer saliendo del mar, el caballo muerto que encuentra un día de lluvia en la cima de un monte; o –de manera crucial- la convivencia con Asunción (Magdalena Flores), la anciana que lo hospeda durante su estadía e el pueblo donde se afinca. Así, experimenta una valoración con respecto a su propio devenir por medio de quienes lo rodean, pero sin desligarse completamente de su postura tanática.  




El encuentro con la mujer sirve de catalizador a esta nueva concepción. Al comprobar las nobles intenciones que definen a Asunción, su fe incorruptible y el aferro a sus últimos años, el protagonista se permite un tiempo más para hallarse frente al pueblo y sus habitantes desde un punto de vista diferente al de su llegada. Ella le concede una segunda oportunidad para amar y existir, hecho que resulta emocionante. La sorpresa de tropezar con la vida que se desborda justo en el lugar donde eligió inmolarse, es una encrucijada incierta, la cual se asemeja más a una respiración grave y catártica de un ser arrepentido, extrañado por todo lo que ha pasado.
La experiencia sensitiva por la que apuesta Reygadas para lidiar con una premisa tan misteriosa, logra que Japón sea un testimonio difícil y fascinante. Sus encuadres inmóviles y largos pasajes de silencio remiten a una contemplación muy lírica de la realidad. El nóvel director bebe de influencias como Tarkovsky, Bresson o Dreyer, con el propósito de reinventar lo aprendido y así elaborar su propio concepto de cómo hacer cine, partiendo de las temáticas que lo deslumbran, para dar una forma y contenido verdaderamente únicos.

Pandemonio Celestial.

Olvídese de las escenas de felación y sexo explícito que –entre aplausos, abucheos y deserciones- tanta polémica generaron en los festivales donde fue exhibida. No son motivo para dejar de verla ( porque , además, no son gratuitas)
Como augura la secuencia introductoria, donde se asiste al izamiento de una descomunal bandera de México en el centro exacto de la capital los íconos de Batalla en el Cielo componen un mural rabioso de la cultura en dicho país. Y no sólo eso: dadas las innumerables analogías del Distrito Federal con las demás metrópolis de nuestro continente, la obra comparte su naturaleza para ser entendida en cualquier otro espacio de América Latina.
El panorama ofrecido por Reygadas es desolador.
Ciudad de México se luce engullida por una violencia injusta e irracional, desde el hecho cotidiano de ingresar al subte entre maltratos e injurias como rebaño al camal, hasta la frustración de sentir que la vida no vale siquiera un peso en esa tierra de nadie. Cuna de prepotentes y desamparados, donde las clases sociales se devoran entre sí y las costumbres centenarias se aplastan para beneficiar al estrato pudiente; impresiona ver cómo la urbe infernal estuviera próxima a una explosión furibunda: como si el único remedio para tanta miseria e inequidad fuera una aniquilación veloz, despiadada. Por citar un ejemplo, es hipnotizante la escena donde una estación de servicio –que expresa la supuesta civilización en tiempos modernos, con sus fluorescentes y música barroca- se encuentra frente a una caravana religiosa, en la cual una multitud de creyentes canta a la Virgen mientras iluina el paso con el fuego de sus velas. Estamos ante dos tradiciones que se oponen para herirse mortalmente. Desfilando separadas por una estrecha carretera.
En medio de este purgatorio surge el controvertido amor entre Ana( Anapola Mushkadiz), una hermosa muchacha de clase alta que se prostituye por placer, y su chofer Marcos (Marcos Hernández). Consciente de exponer una narración de tiempos dilatados, que contradice cualquier interno de linealidad, el filme se edifica desde la perspectiva afligida de este hombre, de quien simplemente se sabe que secuestró –en complicidad con su mujer- a un recién nacido, y que ha muerto bajo su tutela. Por ello, la mirada del protagonista condensa la rabia silente de un condenado por su destino, y el cansancio de su rostro es propio de un mártir que se intuye rozando el final de su existencia (algo muy similar ocurre con el personaje de Japón). Sólo Ana, de presencia celestial e inalcanzable), puede abrir las puertas de un mundo trascendente para Marcos.
Impregnada de amargura y con sabor a mal sueño, batalla en el Cielo, es una película honesta orgánica, de inmensa humanidad. La propuesta de Carlos Reygadas expone una crítica irascible contra los habitantes de su propio territorio pero a partir de su pasión visceral y conmovedora por los mismos. De ahí que sus imágenes y sonidos posean la cualidad de permanecer inalterables en la memoria.

Marcos y su familia en Batalla en el Cielo.

Extraído  de Godard revista de cine Nº8

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