Viviendo la posteridad


Ya estamos instalados en la posteridad. En cada pequeño acto de nuestra vida cotidiana, está la intención de dejar una pequeña huella, una marca. Por ejemplo, en el mensaje que dejamos en nuestra red social favorita, ese que todos leerán si nos morimos antes de desactivar la cuenta; en las fotos de la última fiesta o reunión, que colgamos presurosos y exhibicionistas. O en los blogs que llenamos con nuestras obsesiones preferidas.

Vivimos para una imaginaria posteridad, cuando menos podemos jugar a que esta existe, y tomar la delantera eternizándonos en mensajes, ideas y opiniones.

Por eso invitamos a quien lo desee, a dejar una huella en este espacio.


viernes, 23 de marzo de 2012

El perreo: la perversión hecha mercancía parte 2 // por Juan Carlos Ubilluz






El perreo como estrategia Foucaultiana de liberación sexual

El reggaeton es un género musical que fusiona el rap, el reggae y el hip hop. Hay cierto debate sobre si su lugar de origen es Panamá o Puerto rico, pero es sin duda en Puerto Rico donde el reggaeton adquiere mayor popularidad, y de allí se exporta a ciertas ciudades de EEUU y Europa y al a mayoría de los países de Latinoamérica.
El reggaeton ha llegado también al Perú, aunque aquí se le conoce más comúnmente como “el perreo” debido  a la explicitud sexual del baile. Por este y otros motivos- entre ellos, que las canciones ensalzan la promiscuidad, la droga y la violencia-, muchos opinan que el perreo es un síntoma de la degradación  moral de la juventud. Nosotros no lo creemos así.

Nuestra tesis central es que el reggaeton es, ante todo, una mercancía cultural, y que los jóvenes que lo escuchan y bailan son principalmente consumidores. Que esta mercancía se elabore sobre fantasías otrora inconfesables, no implica que quienes la consuman se identifiquen plenamente con ellas. Por lo general, los consumidores de la cultura del perreo no son ni predadores sexuales ni drogadictos ni pandilleros prestos a sacar una pistola para arreglar un problema. Como lo veremos a continuación, el perreo -como mercancía- permite  a los jóvenes gozar de la “degradación” sin caer en ella.

El perreo es un baile obediente

Como su propio nombre lo indica, el perreo alude al acto de copular “como animales”: en este baile que se practica principalmente en las discotecas juveniles de la clase baja, el “macho” golpea y restriega su miembro contra las nalgas o los genitales de la “hembra”. Podría decirse que los danzantes del perreo emulan al animal que satisface sus instintos sin inmutarse ante la mirada social; siempre y cuando se enfatice que sólo imitan: después de todo, los jóvenes no se desvisten y copulan realmente en la discoteca. El perreo no es por eso un retorno a la naturaleza, un dejar atrás el pudor en nombre de la necesidad animal. Tampoco es el equivalente de una orgía pagana o de un “gang bang” alucinógeno de los sesenta. El perreo es- para darle una primera definición- un simulacro del sexo que provoca el escándalo del adulto.

Como era de esperarse, los “padres de la patria” han respondido a la provocación. Desde la iglesia, el cardenal Juan Luis Cipriani hizo un llamado a los padres de familia y a las autoridades a fin de impedir que los jóvenes se prostituyan en este baile. Desde el Estado, el congresista Víctor Valdez, quiso presentar al parlamento un proyecto de ley para prohibir un baile que (según él) delinque contra la moral pública. Y desde la ciudad letrada, más de un crítico conservador ha visto en el perreo un mal que amenaza la fábrica moral de nuestra sociedad. Sin embargo, a pesar de estas opiniones que intentan (sin mucho éxito) contagiar a la población de su escándalo, los jóvenes danzantes del perreo ven y sienten el baile como lo más natural del mundo. Es más, cuando los entrevistamos en distintas discotecas, ellos nos aseguraron que no estaban haciendo nada malo. Aunque esto lo dijeron basándose en dos argumentos distintos.
El primero es que el perreo es un baile como cualquier otro, que no tiene nada que ver con el sexo. Y el segundo, que no hay nada de malo en que un baile sea abiertamente sexual. El primer argumento es obviamente una denegación cínica del segundo: el joven sabe bien que el perreo es “sexual”, y sin embargo insiste en afirmar que no lo es. En principio, esta denegación tiene un lado práctico: los jóvenes no cuentan con poder económico o político alguno y deben lidiar con el pudor y la posible censura de sus padres y de los “padres de la patria”. Es posible que en ciertos casos la denegación procure acallar la voz del adulto que aún resuena en la cabeza del joven. Pero en realidad la mayoría de los jóvenes piensa que es normal que un baile aluda directamente al sexo. De allí la naturalidad con que bailan el perreo y con la que respondieron a nuestras preguntas sobre sus movimientos y sensaciones durante el baile.

Hay que tomar en serio a los jóvenes cuando nos aseguran que no están haciendo nada malo. ¿Cómo podrían pensar ellos que están haciendo algo malo si hoy la autoridad paterna se ha devaluado, y con ella también los valores del recato, de la decencia, la virginidad: es decir, los viejos ideales que prescriben la abnegación, el sacrificio? Marcados por el declive del Nombre-del-Padre y la inexistencia del gran Otro, los jóvenes hallan estos valores vacíos, insustanciales. Visto desde esta perspectiva, el perreo no es transgresivo: la transgresión consiste en traspasar un límite interiorizado, en violar la ley en la cual uno cree de manera profunda. Como lo sugiere Bataille con relación a la experiencia erótica (la experiencia de la transgresión por excelencia), “La experiencia interior del erotismo requiere de quien la realiza una sensibilidad no menor a la angustia que funda lo prohibido, que al deseo que lleva a infringir la prohibición” (2002:43). Si se quiere ejemplificar la transgresión, hay que remitirse a la angustia del devoto ante el pecado, al horror-fascinación de ir más allá de lo que se cree el Bien. O al menos, al final de la década de los sesenta: en estos años de revoluciones estudiantiles, la sensación exuberante del erotismo se debía a que los jóvenes se hallaban en proceso de conquistar su propio pudor, de vencer la moral paterna que habitaba en ellos mismos. No hay tal sensación en el perreo puesto que los jóvenes de hoy no han internalizado con igual fuerza la moral paterna, el baile se halla desprovisto de la exuberancia que acompaña a la transgresión.
Quizás por ese mismo motivo es que los jóvenes no han hecho mucho caso a Vico C ( el llamado filósofo del reggaetón) cuando este declaró que el reggaeton “es un arma revolucionaria”. Al menos en Lima, no hallamos en los danzantes de perreo el discurso de la revolución sexual ni tampoco su espíritu desafiante, ebulliciente.
 No lo hayamos incluso en los jóvenes que afirman su derecho a bailar sexualmente y que a menudo se jactan de que el perreo es “sexo con ropa”. Y es que, para acceder al goce revolucionario del desafío, se necesita tener ante sí un adversario fuerte, uno que valga la pena. Más si el adversario- la autoridad paterna- se encuentra hoy de rodillas, el alzar las banderas de la revolución acabaría tiñéndolas de inautenticidad. En todo caso, plantear hoy en día una revolución sexual sería un absurdo: ¿Cuál es la necesidad de una revolución sexual si el sistema hegemónico - el capitalismo tardío-  prescribe el “sexo libre”? En el perreo, entonces no se trata de la transgresión ni de la subversión, sino de la obediencia, de la obediencia hacia el imperativo al goce del capitalismo contemporáneo.
Ahora, que la autoridad paterna esté de rodillas, implica que ella es débil, más no que ya no exista. Que muchos jóvenes nieguen que el perreo tenga un contenido sexual, nos demuestra que ellos al menos no la han olvidado. Sin embargo, la autoridad paterna circunda el perreo no para ser respetada o transgredida sino para ser provocada y evocada por los jóvenes. Es un hecho de que la cultura del reggaeton se regodea en el escándalo: la letra de las canciones se esfuerza por ser sexualmente ofensiva, las mujeres en los videos musicales están vestidas como prostitutas y muchos danzantes (ya lo hemos dicho) se jactan de que el perreo es verdaderamente escandaloso. ¿Y cómo podría serlo si ellos han admirado las nalgas de Xuxa u otras mientras mordían su chupón?

En el perreo se muestra una de las grandes paradojas del capitalismo contemporáneo. Además de prescribir el goce sexual, el mercado le otorga un sentido libertario: a veces transgresivo, a veces revolucionario. No obstante, el intento de darle al sexo este sentido se estrella contra el hecho de que la moral de nuestra época acepta  el acto sexual más “perverso” como un derecho del individuo. Es por ello que las películas de Hollywood escenifican  los temas de represión-liberación sexual en épocas pasadas. Por ejemplo, en “Lejos del cielo”, un hombre homosexual  se enfrenta al puritanismo norteamericano de los años cincuenta. Y en “Letras prohibidas”, el cual irrumpe la revolución francesa. En ambos casos, los cineastas recrean un universo moral ya extinto a fin de que el público experimente el vértigo de transgredir una prohibición interiorizada, vigente. En otras palabras, el mercado se ve obligado a recordar la moral paterna para restituir al sexo su sentido libertario.
Esto mismo es lo que se pone en juego en el perreo: a fin de devolverle el baile algo del hálito del escándalo, los involucrados se ven obligados a provocar y evocar la moral paterna. Así como las películas ya mencionadas, el perreo es un simulacro de la transgresión, una mercancía del mundo “entretenimiento” que recrea la conquista del pudor: Por desgracia, los jóvenes sólo pueden experimentar la transgresión de segunda mano y, por ende, nada conviene más a la cultura del perreo que las rabietas impotentes del cardenal Cipriani o del congresista Víctor Valdez. Gracias a estos “padres de la patria”, la moral paterna cobra vida artificial y los jóvenes pueden mantener (mal que bien) la ilusión de transgredir una moral sexual que no es la suya.

El perreo como el goce del excluido

¿Por qué la gente trabaja hoy tanto si el mercado empuja al sujeto a gozar? Muy simple: porque el goce no es gratis. Para gozar hay que tener dinero, y para tener dinero hay que trabajar. Así por ejemplo, a través de las mujeres desnudas en los medios de comunicación, el capitalismo engancha al sujeto en el productivismo con el siguiente mensaje: “Trabaja fuerte para que puedas cumplir con tu obligación de gozar sexualmente (de mi)”. Sin embargo, el danzante del perreo no parece ser el típico sujeto capitalista que se esclaviza en el trabajo con la promesa de un goce futuro. Por el contrario, el joven que acude a las matinées-perreo reclama su derecho al goce, aquí y ahora, especialmente cuando se supone que debe trabajar. De allí que, en el centro de Lima, mientras las masas de trabajadores regresan a sus centros laborales después del almuerzo, cientos de jóvenes se introduzcan a la discoteca Calle Ocho para bailar perreo.

Al entrar a esta discoteca, uno literalmente pasa del día a la noche: la oscuridad de trasfondo a las luces chillonas, la música  demasiado alta para conversar, grupos de jóvenes que comparten una jarra de cerveza caliente: es el típico ambiente nocturno de una discoteca juvenil. Recuerdo que, hace ya casi dos décadas, cuando llegaba a casa de madrugada, mis padres me rezondraban diciéndome: “Tú te haces de la noche el día”. Esto es exactamente lo que hacen los jóvenes en la Calle Ocho, aunque sospecho que con menos remordimiento que yo. No lo digo para elevarme moralmente –¡cómo me hubiese gustado tener su descaro!- sino para enfatizar que ellos hallan más cómodos en un rol social que contradice la vieja moral burguesa del trabajo, e incluso la laboriosidad prescrita por el mercado contemporáneo. En términos específicos, los jóvenes danzantes del perreo no sienten vergüenza de asumir la posición del inútil, del improductivo, del deshecho, o en argot marxista, del lumpen.
Aquí es importante recordar que el reggaeton tiene como trasfondo cultural el ghetto en la urbe norteamericana. En el Perú muchos de quienes son fieles a sus ritmos, se visten con zapatillas gigantes, gorros con vicera y polos anchos con los nombres de equipos de fútbol y básquet estadounidense. El prototipo del danzante de reggaeton es el joven latino que no tiene cabida en el sistema norteamericano y que frecuenta el mundo de las pandillas.
Es a este mundo al que aluden las canciones: como las señalan Colordo, Bisso y Orihuela, el reggaeton ensalza no solamente el sexo y la infidelidad sino también las drogas, el alcohol, el barrio y dinero y “rechazan situaciones injustas, […], diferencias sociales y racismo” (2005:4). Y puesto que estas canciones recogen los problemas y la frustración del excluido, del marginal, no es fortuito que, en Lima, el reggaeton sea acogido principalmente por los jóvenes de sectores sociales bajos, ni que la mayoría de discotecas identificadas con ese género musical – Kapital, Honey, Hangar 18, Extasis- se ubiquen en el cono norte. Pero, además así como los jóvenes pandilleros de los Estados Unidos, en el Perú los jóvenes que se sumergen en la cultura del reggaeton no están interesados en plantear una alternativa social y política que resuelva las injusticias del país. Por el contrario, ellos se identifican con el desecho del sistema y aceptan los signos exteriores de la exclusión

Que esto ocurra no debe sorprendernos en lo absoluto. En el Perú, los jóvenes de escasos recursos a menudo escuchan de sus padres  estos mensajes contradictorios: “Debes actuar moralmente” y “Todo está corrupto en este país”, Debes estudiar y trabajar para progresar en la sociedad” y “No hay oportunidades en este país”.
Por supuesto, hay muchos padres que resuelven contradicciones con los siguientes enunciados sintéticos: “El país está lleno de corruptos pero tú debes luchar para acabar con esta corrupción”, o “En este país no hay oportunidades para gente como tú, pero tú debes luchar para que las haya para tí y para gente como tú”. Pero como por lo general el padre hace poco o nada por construir una nueva sociedad, el hijo tiende a interiorizar que el compromiso social es un sueño de ilusos y adherirse a la ética individualista que recibe del mercado (ante la cual, el padre mismo baja la cabeza con la excusa de la “sobrevivencia”). En todo caso, los danzantes del perreo exhiben un realismo cínico con la relación al sistema. Cuando les preguntamos por cuál de los candidatos votarían en las próximas elecciones, la respuesta más común fue: “Por ninguno. Todos son unos ladrones”. Y cuando les preguntamos ¿dónde se ven ellos de acá a cinco años?, la respuesta casi unánime fue: “En el extranjero porque en este país no hay oportunidades”

Los danzantes del perreo nos recuerdan así al niño de la fábula del Emperador que está desnudo y que, sin embargo, le asegura a sus súbditos que está vestido con una túnica que sólo pueden ver los justos. Cuando el niño señala lo evidente, a saber, que el Emperador está desnudo, los súbditos arman un escándalo. Los viejos “padres de la patria” son como estos súbditos hipócritas, como tartufos que no pueden soportar la desnudez de la verdad. Y, por su parte, el joven que forma parte de la cultura del perreo es el niño que dice lo evidente: que el Otro no existe, que el Perú no existe como proyecto social guiado por el bien común y que hoy sólo existe la voluntad de goce capitalista. Es por ello que los padres nos parecen tartufos cuando se escandalizan porque sus hijos bailan perreo. ¿Acaso los padres proponen hoy con sus actos una sociedad alternativa a la del mercado? Poco importa que el padre le diga al hijo: “Tú debes ser un sujeto moral como yo”. Pues con su participación resignada en la realidad material del capitalismo criollo, lo normal es que el hijo escuche entre líneas: “No sacrifiques tu goce individual como yo, no seas idiota: el Emperador está desnudo”.

Desde su realismo individualista, los jóvenes se han deshecho del sueño de los justos y desean abiertamente las mercancías de goce que el mercado coloca ante sus ojos. Pero ellos también se toman en serio que no tienen oportunidades de ascenso socioeconómico en el país y que, por lo tanto, las mercancías codiciadas están fuera de su alcance. No es raro entonces que encuentren un nicho de goce en la cultura del reggaeton, la cultura del desecho del sistema. De hecho, esta cultura conduce a los jóvenes a asumir el rol del marginal, aunque no sabemos cuántos de ellos se estancan en él. Sospechamos, sin embargo, que la mayoría de jóvenes no cae en esta trampa. Por lo pronto, muchos de quienes acuden a las matinées-perreo de la Calle Ocho estudian en institutos y universidades, y algunos de ellos complementan y/o pagan sus estudios con algún tipo de trabajo. Estos chicos no se entregan al abandono: ellos no son los drogadictos del barrio ni tampoco criminales en ciernes. Tampoco son pesimistas o resentidos. Las discotecas del perreo no son el infierno de Dante: en sus puertas no hay un letrero que diga: “El que entre aquí, abandone toda esperanza”. Los jóvenes que allí acuden confían en que saldrán adelante en la vida, aunque por supuesto no en el Perú.
Precisemos: sin duda el perreo promueve la identificación con el pandillero latino en EEUU, pero esta identificación se da mayormente en el contexto del mundo del “entretenimiento”. Como ya lo hemos dicho, el perreo es una mercancía: y en este caso en específico, una mercancía cultural que se apropia de los signos exteriores del ghetto, un simulacro de la existencia desenfrenada del mundo de las pandillas. Los jóvenes se sirven de la identificación con los personajes de este mundo para entablar relaciones con el sexo opuesto que seguramente exceden el espacio físico de la discoteca. No obstante, esta identidad es sólo una de sus múltiples identidades: en sus centros educativos o en sus trabajos, ellos se comportan de otra manera. No nos adherimos a la perspectiva posmoderna de que el sujeto es esquizoide, fragmentario o plural. Nos limitamos a reconocer que- por una variedad de razones- en la época posmoderna el sujeto asume con menores problemas que antaño una multiplicidad de identidades. Añadimos, sin embargo, que el sujeto no echa verdaderamente raíces en ninguna o en muchas de ellas: no sólo porque a menudo estas identidades se contradicen entre sí sino porque la cuestión de su subjetividad real permanece “ardiente” y amenaza con deshacer su libre elección de esta u otra identidad prefabricada, insustancial.
Pensamos entonces que, en el perreo, los jóvenes por lo general no se identifican fuertemente con el excluido, y por lo tanto pueden vestirse, bailar y actuar como excluidos sin por ello entregarse al abandono, al narcotráfico, a la violencia. Como lo indican sus testimonios, ellos no han renunciado a su deseo de progresar dentro del sistema, de un sistema que obviamente no es el peruano sino el norteamericano o el europeo. A lo que sí han renunciado es al deseo de construir una nueva sociedad, ya sea en el Perú, en Europa o en EEUU. En términos lacanianos, los danzantes del perreo no se dejan engañar por la ficción del Otro, y al no dejarse engañar por ella, yerran: yerran porque aceptan que el Perú es como es, que el mundo es como es y que nada nunca podrá cambiar.
En este sentido, ellos son cínicos que con sus actos perpetúan la injusticia y la exclusión del sistema. A pesar de que en el último año, más de 400,000 peruanos emigraron al exterior, es improbable que todos los jóvenes puedan emigrar. Y si lo consiguen, todo no será color de rosa: ellos tendrán que lidiar con el racismo y la exclusión en EEUU y en Europa. De modo que, al no dejarse engañar por la ficción del otro, los jóvenes yerran. Al sostener con tanta convicción que el Emperador está desnudo, se olvidan que si no lo visten con una nueva túnica, ellos mismo se quedarán desnudos.
El perreo como estrategia foucaultiana de liberación sexual
La lectura de Michel Foucault nos puede ayudar a esclarecer más aún lo que está en juego en el perreo. Pero también, el análisis del perreo nos puede ser útil para reconocer los límites de la teorización foucaltiana de la sexualidad. A continuación, oscilaremos entre la estrategia de liberación sexual de Foucault y la cultura del perreo para demostrar que ambas caen en la trampa perversa del imperativo al goce del capitalismo.
En el primer tomo de Historia de la sexualidad, Foucault esboza la evolución en la cultura occidental de una voluntad de saber sobre el sexo, voluntad que halla su origen en el confesionario. Del cristianismo medieval pero que alcanza su apogeo en la modernidad. La intención de Foucault es socavar la tesis aceptada de que la era victoriana fue una era represiva de la sexualidad. Para el filósofo, por el contrario, el siglo XIX recogió e intensificó la incitación del confesionario a hablar de sexo. La burguesía no habría, por ende, cerrado los ojos ante el sexo sino que habría vertido sobre él la luz de la razón para constituirse como nueva clase dominante. Adviértase que el sexo no es para Foucault una instancia natural sobre la cual se erige la sexualidad. Por el contrario, el sexo es-para èl- el producto histórico del dispositivo de la sexualidad es decir, el producto de una multiplicidad de discursos médicos, pedagógicos, psiquiátricos y jurídicos de la modernidad burguesa. Si bien él reconoce que “la voluntad de saber” sobre el sexo estaba aliada a un proyecto de expansión del vigor, la salud, la fuerza y la vida, Foucault se muestra sospechoso de la moralidad que dirige el desvelamiento del enigma del sexo, así como del presupuesto cristiano- y luego psicoanalítico- de que el deseo o el comportamiento sexual caracteriza al individuo (2003:94).
Es por ello que- en uno de esos raros momentos prescriptivos de su obra eminentemente descriptiva- Foucault esboza la siguiente estrategia de liberación sexual: “Si mediante una inversión táctica de los diversos mecanismos de la sexualidad se quiere hacer valer, contra el poder, los cuerpos, los placeres, los saberes en su multiplicidad y posibilidad de resistencia, conviene liberarse primero de la instancia del sexo. Contra el dispositivo  de la sexualidad, el punto de apoyo del contraataque que no debe ser el sexo-deseo, sino los cuerpos y placeres” (1997:191). Para ilustrar esta estrategia mediante un ejemplo, en el siglo XIX, la psiquiatría y la jurisprudencia, entre otras disciplinas, utilizaron una serie de discursos sobe la homosexualidad con el fin  de controlarla socialmente. Según Foucault “la categoría psicológica, médica, de la homosexualidad se construyó el día en que se le caracterizó- el famoso artículo de Westphal sobre las ‘sensaciones sexuales contrarias’ puede valer como fecha de nacimiento- no tanto como un tipo de relaciones sexuales sino por cierta cualidad de sensibilidad sexual, determinada manera de invertir en sí mismo lo masculino  y lo femenino” (1977:56-57). No obstante, como lo observa el mismo Foucault, “pronto la homosexualidad se puso a hablar de sí misma, a reivindicar su legitimidad o `naturalidad’ incorporando frecuentemente al vocabulario las categorías médicas con que era médicamente descalificado” (1977:124)
Dicho esto, habría que preguntarse si esta estrategia no reproduce de manera invertida los dispositivos normativos de la sexualidad. Es decir, ¿no está proponiendo Foucault una suerte de alienación a la inversa en la matriz del poder-saber existente? A pesar de que Foucault se rehúsa a hablar del sexo en términos de ley y pecado, ¿no es su estrategia de liberación sexual equivalente de restringir la dimensión del deseo al terreno trazado por la ley? Aquí debemos recordar con cierta ironía las enseñanzas de uno de los Padres de la Iglesia. En Romanos 7:7, San Pablo posiciona la ley y el pecado del lado de la muerte, adelantándose a Lacan en la tesis de que la obediencia a y la transgresión de la ley son versiones complementarias del deseo del gran Otro. Por un lado, el hombre que obedece la ley sin tomar en cuenta su goce mortifica su cuerpo y se condena a existir como súbdito de la letra muerta. Por el otro, el que obedece la transgresión  como ley muere como sujeto capaz de articular la singularidad vivificante de su deseo: así como el adolescente que hace exactamente lo que su padre le prohíbe, el perverso-transgresor asume como objeto de su deseo el reverso de la ley paterna; de allí que Lacan se refiera a él como un “pére-vers”, como un sujeto que se dirige secreta, inconscientemente hacia el padre. Hay que decir que está identificación perversa se halla muy lejos del ideal focaultiano del homosexual que, en la antigüedad, se dedicaba al sobrio “cultivo de sí mismo”. Pero hay que decir también que una estrategia de liberación sexual que se  basa solamente en la inversión de los dispositivos de la sexualidad induce al sujeto a encarnar el negativo fotográfico de la moral burguesa.
La cultura del perreo  da cuenta de esta debilidad en la estrategia foucaultiana. Si  la moral burguesa enuncia los valores de la decencia, el trabajo, la fidelidad, el perreo hace  de la droga, el ocio  y la infidelidad una mercancía cultural. Si la moral burguesa prescribe que el día debe ser el día y la noche debe ser la noche, el perreo es la mercancía del “Sí, pues, yo hago de la noche el día”. En términos más precisos, el perreo capitaliza el fantasma perverso-capitalista que se halla latente en el neurótico obsesivo que sostiene el patriarcado burgués. A fin de justificar esa aseveración, comencemos por recordar el chiste del psicótico que cree que dos más dos son cinco, mientras que el neurótico sabe que dos más dos son cuatro, ¡pero le da una rabia! Dicho de otro modo, el neurótico se somete a la autoridad paterna, pero le da rabia hacerlo puesto que sus fijaciones narcisistas preservan en él el sueño de ser un perverso. O para parafrasear a Lacan, el neurótico obsesivo sueña con el momento en que muera el Amo para abocarse al placer, pero esta muerte él solo la espera, la espera incluso mucho después de que ella haya ocurrido (1975b: 790-791). En la clínica, no es extraño escuchar al obsesivo reclamar que su padre no le permite ser quien es cuando éste falleció década atrás.
Debido a esta tendencia a sostener al padre y sus escrúpulos morales hasta impedir el propio funcionamiento del individuo, la neurosis obsesiva es, para Miller, “soporte de nuestra cultura, de nuestra organización social” (1998b: 344). Ya hemos visto en la introducción que la modernidad burguesa está marcada por la tendencia individualista-capitalista y por la tendencia a construir una civilización universal. En este contexto, el neurótico obsesivo es quien posterga indefinidamente lo primero y se sacrifica por lo segundo. Lo cual no le impide soñar con el día en que habrá cumplido con su deber para con la sociedad y podrá consumir las mercancías de goce que el mercado exhibe ante sus ojos. Ahora bien, ¿qué le pasa a este sujeto con el declive del Nombre-del-Padre y la inexistencia del gran Otro en el mundo contemporáneo?, ¿qué pasa con él cuando se debilitan las normas y los valores que le daba un sentido a su renuncia al goce? No podemos enumerar aquí las múltiples y muy particulares respuesta de los obsesivos. Aunque sí podemos afirmar que sus fantasías perversas cobran luz, brillo, intensidad, y que cuando ocupan el lugar del padre, ellos se las transmiten a sus hijos.
Así, al vestirse como truhanes, corear las maravillas de la droga y restregar y golpear sus genitales, los jóvenes encarnan la fantasía latente del patriarcado burgués, fantasía a la cual (sin mucho conocimiento de sí) los padres se refieren como pesadilla. ¿Gozan los jóvenes verdaderamente del perreo? ¿O simplemente bailan para el Otro? No dudamos que ciertos jóvenes gozan sexualmente del baile. Pero creemos que él está intrínsecamente asociado a un imperativo superyoico que excede su deseo singular. Conviene aquí  recordar que este imperativo es una voz que el sujeto percibe como interior, como la voz de su conciencia (perversa). A veces, sin embargo, la voz se materializa en el exterior: en la Biblia, se parten los cielos y Dios comanda: “Saulo, desde hoy te llamarás Pablo y predicarás mi palabra”. Algo similar ocurre en las discotecas donde se baila el perreo. Mientras cientos de jóvenes perrean en la pista de baile, un animador, sobre un escenario, vocifera en un micrófono que repiten los parlantes: “Vamos, dale, fuerte, dale, presea: así .Vamos, presea, húndela, dale: así”.
He aquí el mejor ejemplo del Amo perverso, del Amo que exige el goce del sujeto y erige para él un nuevo dogma de cómo gozar. Cuando los jóvenes bailan salsa o merengue, el animador desaparece del estrado, mas cuando bailan perreo, el animador está allí para asegurarse de que los jóvenes cumplan con una fórmula prefabricada del goce sexual, y también  para hacerles saber- convencerlos de- que han gozado plenamente de ella. En los ambientes psicoanalíticos, se cuenta a menudo un breve chiste del conductivismo: cuando un conductivista se encuentra con otro, el primero le pregunta al segundo:”¿Cómo me siento?” El animador del perreo es como el conductivista que proporciona la respuesta: “Te sientes bien, estás gozando verdaderamente del baile”.
Por supuesto, nada de esto impide a los jóvenes salirse del molde. Pero lo importante aquí es que la voz superyoica del animador procura reprimir una expresión más autentica de la sexualidad. Como lo explica Jean Baudrillard, la posmodernidad reprime la sexualidad (singular) a través de (las formas prefabricadas de) la sexualidad (1999-25). Es esto lo que se le escapa a Foucault, quizás debido a su renuencia a teorizar el capitalismo, o quizás a su deseo de distanciarse del humanismo de la escuela de Frankfurt, aunque sospechamos que se le escapa principalmente debido a la ausencia en su teorización del concepto de la singularidad. Curiosa omisión en un nietzscheano como Foucault, cuyo nietzscheanismo se restringe al  análisis genealógico (Historia de la locura, Vigilar y castigar, Nacimiento de la cínica, Arqueología del saber).
En la obra de Nietzsche, hay dos máximas que deben leerse juntas a fin de no reducir a un construccionismo estético su famoso edicto: “Conviértete en quien tu eres”. La primera incita al sujeto a esculpirse, a reinventarse a través del arte, bajo el supuesto de que la realidad profunda  del yo es una invención platónica. La segunda es el llamado  al amor fati, el amor al destino: el llamado a amar es que uno es y que sin embargo uno se obstina en negar desconocer. No hay contradicción  en estas dos máximas: hay más bien la alusión a una singularidad muda- inexplorada, no-verbalizada- como punto de referencia que garantiza la autenticidad de la reinvención del yo.
El psicoanálisis lacaniano hace suyas estas máximas al no perder de vista lo real, noción homóloga a la de la singularidad. Evítese confundir lo real ( o lo singular) con un elemento natural previo a la lengua. Lo real de Lacan es siempre post-lingüístico: el producto  no-simbolizado del encuentro entre el cuerpo y el orden bólico produce un resto, una fuerza muda que lo excede lo rebasa. El psicoanálisis intenta darle voz a algo de este exceso indeseado: al propiciar la emergencia del sujeto del inconsciente, del sujeto que busca articular algo de lo real (lo singular) en sí mismo, el psicoanálisis en un “artificio” que hace existir aquello no reconocido por las articulaciones consientes del yo. En este sentido, el psicoanálisis conmina al sujeto a convertirse en quien él es… pero no lo es aún.
Obsérvese que, al establecer la diferencia entre lo real y lo natural, Lacan no se regodea en el academicismo ni incurre en un vano ejercicio teórico. Pues sin la referencia a lo real, el psicoanálisis se degradaría hacia una suerte de “psicología del yo” que asume que lo real es un factor natural maleable y que no tiene reparos en pactar racionalmente con el yo para asimilar lo real a la norma social. De modo que, sin caer en el esencialismo, la teorización de Lacan nos permite recuperar la singularidad subjetiva del juego de espejos foucaultiano entre la normalidad y la perversión.
Recordemos que Foucault rechaza lo sexual-singular del sujeto puesto que sospecha que esta instancia idealista engancha al sujeto en la tarea de descubrir la verdad (de su sexo) a través de las instituciones disciplinarias de la época moderna. No estamos en desacuerdo con él: pensamos que estas instituciones producen en efecto una verdad que sutilmente induce al sujeto a la normatividad sexual. No obstante, al desprenderse radicalmente de esta instancia, Foucault escatima la posibilidad de esbozar un más allá del dispositivo de la sexualidad que él critica.
Nuestro análisis del perreo demuestra esta debilidad en la estrategia foucaultiana de liberación sexual: si algo hace evidente el perreo es que, al desasirse de lo real como aquello que excede a lo que existe, el sujeto repite lo que existe de manera invertida. Teóricamente, la estrategia foucaultiana puede parecer muy subversiva, pero en práctica, sin esa intuición de lo radicalmente otro que provee la noción idealista del sexo, “la inversión táctica de los diversos mecanismos de sexualidad” es el negativo fotográfico de estos mismo mecanismos. Si  algo nos enseña el perreo, es que, en la práctica, la estrategia foucaultiana legitima involuntariamente las fantasías-mercancías que se erigen sobre el reverso especular de la moral paterna. En tanto mercancía que se regodea en transgredir la moral paterna, el perreo es una evidencia de que Foucault conmina al sujeto a convertirse en materia prima (en menos “cuerpos y placeres”) para la máquina de producción y consumo de fantasías perversas. Si, como lo sugiere Foucault, no hay una verdad de mi sexo, si no hay en mí una instancia que garantiza mi autenticidad sexual, entonces ¿por qué no regodearme en el consumo de las fantasías-mercancías que el mercado despliega ante mis ojos? El hecho es que sin la noción del sexo como lo real del sujeto, la libertad de escoger entre los productos (a) sexuales del mercado. Según Jean Baudrillard, “Foucault no tiene ojos más que para la producción del sexo” (2000:50). No concordamos enteramente con él. Pero creemos que, en el contexto del capitalismo tardío, la estrategia “subversiva” de Foucault es inadvertidamente la versión académica de las estrategias de marketing para mercancías “sexuales” como el perreo.  
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