Viviendo la posteridad


Ya estamos instalados en la posteridad. En cada pequeño acto de nuestra vida cotidiana, está la intención de dejar una pequeña huella, una marca. Por ejemplo, en el mensaje que dejamos en nuestra red social favorita, ese que todos leerán si nos morimos antes de desactivar la cuenta; en las fotos de la última fiesta o reunión, que colgamos presurosos y exhibicionistas. O en los blogs que llenamos con nuestras obsesiones preferidas.

Vivimos para una imaginaria posteridad, cuando menos podemos jugar a que esta existe, y tomar la delantera eternizándonos en mensajes, ideas y opiniones.

Por eso invitamos a quien lo desee, a dejar una huella en este espacio.


viernes, 26 de octubre de 2012

Federico Herrero



1978. San José, Costa Rica.


Para Federico Herrero no existe un soporte único para la pintura – ni sólo la tela, ni sólo el trabajo de estudio, ni solamente el objeto adquirible. Su trabajo oscila entre telas de formatos diversos, hasta intervenciones en pisos, muros y techos de galerías o museos, bordes de las aceras, piscinas – el mundo entero se le presenta como un lienzo inacabable sobre el cual se divierte pintando para establecer con él una comunicación. Sus figuras de pensamiento parecen materializarse en lugares inéditos a partir de su propia percepción de la realidad visual y material. Se define como “paisajista”, sin tender a la representación de algo en particular ni asumir un simple ejercicio formal. Ser pintor para Herrero es ejercer un placer, que enfoca desde varias perspectivas: sus telas se alteran con intervenciones públicas discretas, siempre concebidas desde el lugar de la pintura, y de ésta como servicio público.
Pintar los muros de los servicios sanitarios del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo de Costa Rica en el 2002, o un mapamundi en una piscina comunitaria en la Habana fueron otros de esos servicios que disfruta realizando, como también remozar la pintura amarilla de los bordes de calles. Le obsesionan los entornos anodinos y los detalles aparentemente normales y corrientes e la ciudad, pero que son los que denotan características socio-económicas: alrededor del 2000 realizó una serie de instantáneas en diapositiva de diversos puntos de la ciudad de San José y áreas cercanas- sus Imágenes Encontradas- dentro de las cuales la serie de ubicuas casetas de seguridad aparece como un planteamiento sociológico. Estas fotografías complementaban su pintura al preservar una especie de bitácora personal de experiencias  diarias con el contexto urbano. Por esa misma época pintaba cuadritos pequeños para dejarlos colgados en los árboles y las ventanas enrejadas de la ciudad, y esperar que el destino decidiera sobre su paradero. Sólo queda la documentación, los cuadros han desapercibido, no sin antes ser recolocados sucesivamente en otros lugares por los pasantes…. Importante en su obra es el concepto de monocromo: la reflexión de Herrero sobre la pintura también se basó sobre la recolección de imágenes de vallas publicitarias de carretera, blancas, antes de la renovación del anuncio, como “monocromos encontrados” recortados contra el cielo, en donde el vacío del blanco, de la nada en el espacio, contrasta con lo multicolor y saturado de sus pinturas. Las marcas viales sobre las carreteras funcionan como monocromos encontrados, y son replicadas a la escala en las salas de exposición. Herrero se sirve de una paleta a un tipo de composición que recuerda los vibrantes colores de los barrios populares de Costa Rica, aplicando capas y capas que se recortan entre sí para construir planos y perspectivas, en donde siempre aparecen sus garabatos y dibujos de personajes que parecieran salidos de una animación 
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