JORGE MACCHI
1963. Buenos Aires, Argentina

Pese a su formación inicial como pintor, el artista pronto abandona
esta técnica para instalarse en la poética reduccionista del ready-made y
del objet trouvê, definiendo la obra de arte como “misterio
a investigar”. Encuentros con objetos, accidentes domésticos, paseos
improductivos…, las piezas de Macchi nace de lo anecdótico y de lo
casual, de la vida cotidiana de un artista empeñado en construir
ecuaciones intelectuales que enredan y confunden nuestros sentidos. En
su paleta los signos se descomponen, y se reconstruyen, se reordenan
bajo nuevas relaciones semánticas y visuales que nos retrotraen en su
poder creativo original. En este escenario primitivo, concebido a modo
de enigma esencial, los textos no obedecen a nuestra lectura, las
imágenes son subjetivas que apenas podemos interpretarlas, los objetos
se relevan contra su uso habitual, los sonidos actúan como la banda
sonora que acompaña al drama de nuestra existencia. Esto ocurre en
Música Incidental (1998), donde las crónicas de las páginas de sucesos
puestas en línea adoptan el papel de las líneas de una partitura musical
que hace evidente la violencia del género humano. Pero también en La
Ascensión (200%), presentada en la bienal de Venecia, en la que bajo un
fresco barroco, el artista situó una cama elástica que reproducía las
curvas y contracurvas de la pintura del techo. La intimidad del espacio
se veía reforzada por la oscuridad, y sobre todo, por la pieza musical d
Edgardo Rudnitzky compuesta para el evento, y en la que los saltos del
acróbata hacían las veces de bajo continuo.

Estas 2 piezas que
distan casi una década en el tiempo, sirven para dibujar un segmento
circular y cerrado en el que las obras como Fuegos de Artificiales
(2002), la serie fotográfica Citas (2002), o Doppelganger (2005) ,
determinan otros momentos clave de su producción. En todas ellas, el
mismo trasfondo heurístico: la huella de un zapato sobre la pared se
repite y difumina hasta convertirse en explosión pirotécnica,
instantáneas de objetos y paisajes que adquieren sentido al ser
entrecomillados por el autor, noticias violentas que se reordenan,
cruzan y distorsionan para configurar imágenes abstractas muy semejantes
a las del test de Rorschach…Cualquier sustancia o circunstancia puede
ser la esencia de la operación, como en Buenos Aires Tour (2003), donde
un accidente, un vidrio roto, superpuesto sobre un plano de metro,
determina la ruta seguida por el artista. El resultado: montones de
materiales recopilados y dispersos por el espacio expositivo. Un espació
que en Macchi busca una relación muy particular con un espectador que,
atrapado en las dualidades, incógnitas y simultaneidades, parece no
encontrar escapatoria y estar condenado a deambular eternamente por el
laberinto.
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