Viviendo la posteridad


Ya estamos instalados en la posteridad. En cada pequeño acto de nuestra vida cotidiana, está la intención de dejar una pequeña huella, una marca. Por ejemplo, en el mensaje que dejamos en nuestra red social favorita, ese que todos leerán si nos morimos antes de desactivar la cuenta; en las fotos de la última fiesta o reunión, que colgamos presurosos y exhibicionistas. O en los blogs que llenamos con nuestras obsesiones preferidas.

Vivimos para una imaginaria posteridad, cuando menos podemos jugar a que esta existe, y tomar la delantera eternizándonos en mensajes, ideas y opiniones.

Por eso invitamos a quien lo desee, a dejar una huella en este espacio.


miércoles, 14 de noviembre de 2012

JORGE MACCHI

JORGE MACCHI
1963. Buenos Aires, Argentina



Pese a su formación inicial como pintor, el artista pronto abandona esta técnica para instalarse en la poética reduccionista del ready-made y del objet trouvê, definiendo la obra de arte como “misterio a investigar”. Encuentros con objetos, accidentes domésticos, paseos improductivos…, las piezas de Macchi nace de lo anecdótico y de lo casual, de la vida cotidiana de un artista empeñado en construir ecuaciones intelectuales que enredan y confunden nuestros sentidos. En su paleta los signos se descomponen, y se reconstruyen, se reordenan bajo nuevas relaciones semánticas y visuales que nos retrotraen en su poder creativo original. En este escenario primitivo, concebido a modo de enigma esencial, los textos no obedecen a nuestra lectura, las imágenes son subjetivas que apenas podemos interpretarlas, los objetos se relevan contra su uso habitual, los sonidos actúan como la banda sonora que acompaña al drama de nuestra existencia. Esto ocurre en Música Incidental (1998), donde las crónicas de las páginas de sucesos puestas en línea adoptan el papel de las líneas de una partitura musical que hace evidente la violencia del género humano. Pero también en La Ascensión (200%), presentada en la bienal de Venecia, en la que bajo un fresco barroco, el artista situó una cama elástica que reproducía las curvas y contracurvas de la pintura del techo. La intimidad del espacio se veía reforzada por la oscuridad, y sobre todo, por la pieza musical d Edgardo Rudnitzky compuesta para el evento, y en la que los saltos del acróbata hacían las veces de bajo continuo.




Estas 2 piezas que distan casi una década en el tiempo, sirven para dibujar un segmento circular y cerrado en el que las obras como Fuegos de Artificiales (2002), la serie fotográfica Citas (2002), o Doppelganger (2005) , determinan otros momentos clave de su producción. En todas ellas, el mismo trasfondo heurístico: la huella de un zapato sobre la pared se repite y difumina hasta convertirse en explosión pirotécnica, instantáneas de objetos y paisajes que adquieren sentido al ser entrecomillados por el autor, noticias violentas que se reordenan, cruzan y distorsionan para configurar imágenes abstractas muy semejantes a las del test de Rorschach…Cualquier sustancia o circunstancia puede ser la esencia de la operación, como en Buenos Aires Tour (2003), donde un accidente, un vidrio roto, superpuesto sobre un plano de metro, determina la ruta seguida por el artista. El resultado: montones de materiales recopilados y dispersos por el espacio expositivo. Un espació que en Macchi busca una relación muy particular con un espectador que, atrapado en las dualidades, incógnitas y simultaneidades, parece no encontrar escapatoria y estar condenado a deambular eternamente por el laberinto.
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