Viviendo la posteridad


Ya estamos instalados en la posteridad. En cada pequeño acto de nuestra vida cotidiana, está la intención de dejar una pequeña huella, una marca. Por ejemplo, en el mensaje que dejamos en nuestra red social favorita, ese que todos leerán si nos morimos antes de desactivar la cuenta; en las fotos de la última fiesta o reunión, que colgamos presurosos y exhibicionistas. O en los blogs que llenamos con nuestras obsesiones preferidas.

Vivimos para una imaginaria posteridad, cuando menos podemos jugar a que esta existe, y tomar la delantera eternizándonos en mensajes, ideas y opiniones.

Por eso invitamos a quien lo desee, a dejar una huella en este espacio.


viernes, 14 de septiembre de 2012

El Cadáver Exquisito o La Fotografía Post Mortem

Por: Cecilia Medo



Recuerdo una clase de fotografía de hace mucho tiempo atrás, la profesora la iniciaba proyectando algunos antiguos daguerrotipos. Nada sorprendente, aunque sí interesante. De pronto, recuerdo la imagen de un niño que estaba sentado (¿?) entre cojines de seda y flores, el niño tenía los ojos muy cerrados. EL niño estaba muerto. Esa fue la primera vez que supe de esta clase de fotografía, sumamente popular en la era victoriana, hasta ya entrado el siglo XX.

Naturalmente,sentí repulsión. ¿Cómo se les ocurría fotografiar a sus muertos como si estuviesen vivos? Eso era, para mí, una forma de perversión. Luego lo olvidé, pasó el tiempo y yo seguí intentando fotografiar a humanos vivos de mi entorno familiar y social, con desigual éxito.

La segunda vez que me “encontré” con este espinoso asunto, fue algo más pueril. Había ido al cine a ver “Los Otros” (The Others) –quizás una de las mejores películas de fantasmas que haya visto, pues recuerdo haber salido realmente asustada, mirando de reojo las calles semi vacías mientras apretaba el paso, presurosa por llegar a mi residencia de entonces.

Casi pierdo el hilo, en fin, todos quienes han visto esta pela saben que una de las escenas clave es aquella cuando el personaje de Nicole Kidman encuentra un viejo álbum de fotos, pero uno muy especial. Ella lo hojea, desprevenida, y va encontrando esas morbosas imágenes, una tras otra; todos muertos, sentados, recostados, en parejas, en grupos, inclusive de pie, todos bien muertos y rígidos. La escena es importante porque ante el horror de ésta, su ama de llaves –con la paciencia que sólo tienen los muertos- le explica que esa era la manera que había de expresar el profundo afecto por los seres queridos que partían, por lo tanto era natural querer preservar sus imágenes tal como eran en vida.

Se me erizaron los vellos de los brazos, y recordé las imágenes de la clase de fotografía. Sentí la misma repulsión, compartía con Nicole ese horror, esa estupefacción.





Memento Mori

Hace algún tiempo, quizás algunos meses atrás, me ví obligada a revisar varios aspectos de la época victoriana. Y entre las búsquedas, me tropecé –nuevamente- con la fotografía victoriana post mortem. Quizás recién entonces me atreví a superar el disgusto inicial ante estas imágenes, siempre efectivas en cuanto a suscitarnos una poderosa mezcla de rechazo y miedo.

En los archivos fotográficos de buena parte de Occidente, se encuentran esta clase de fotografías, y en parte por eso me decidí a averiguar algo más al respecto. Efectivamente, la fotografía recién se empezó a popularizar hacia fines del siglo XIX. Era un juguete caro al que pocos podían acceder. Los retratos de familia que hemos visto en libros o en los viejos álbumes de nuestros bisabuelos o abuelos, eran todo un alarde de buena situación económica, resultaba carísimo hacerse fotografiar. Caro y trabajoso. Una buena foto podía tomar horas, por ejemplo, la joven madre sostiene en brazos a su retoño de meses de nacido, el rostro serio y de pocos amigos de ella y el semblante tenso del bebé lo dicen todo: era una larga tortura posar para una foto. Para muchas familias, la foto post mortem sería la única ocasión de ser fotografiados en –paradojas del destino- esta vida.

En esos tiempos, en los cuales la penicilina aún no había sido descubierta, la muerte era asidua visitante en los hogares, igualando a ricos y pobres. La idea victoriana acerca de la muerte era más bien romántica, envuelta en las misteriosas fantasías de los escritores románticos en boga, la muerte podía ser una gran promesa. La concreción de otra forma de vida.






El Rigor Mortis Le Sienta Bien...

Contemplar el cuerpo yerto de un ser amado, recientemente arrebatado de este mundo por la parca, era algo normal que inclusive poseía cierta lánguida belleza, muy acorde a los cánones de belleza reinantes entonces.

Imaginemos al novio, cuya prometida acaba de morir de tuberculosis o “consunción”, el enamorado  mira extasiado el cadáver de su novia, que ahora luce tan pálida, tan etérea, casi parece una aparición… Cuántas veces él la soñó así, blanca como flor nocturna, como mariposa que solamente vuela de noche… El prometido experimenta un estupor inexplicable y decide inmortalizar la que, para él, es la mejor imagen de su novia. Llaman al fotógrafo y este acude presto a realizar esa noble labor. Retratar muertos era parte de la rutina de todo profesional de la fotografía, y estaban dotados de toda clase de adminículos para lograr aparentar poses “naturales” con esos cuerpos. Por otra parte, no existían mejores modelos que estos cadáveres, discutiblemente hermoseados para la ocasión. ¿Por qué? Bueno, no se movían, no tenían prisa y, por ende, podían soportar la misma pose por horas y horas. Y no se quejaban. Los vivos que acompañaban al difunto(a) en el retrato, solían salir menos nítidos que éstos, precisamente porque al estar vivos, perdían la paciencia fácilmente.
Así, la novia que parece un hada o ángel fúnebre queda inmortalizada para el que hubiera sido su fiel (¿) esposo. Eternamente bella, pálida y envidiablemente consumida.


  



La Muerte/ Imitando Al Arte/ Imitando La Vida

Lo que resulta realmente perverso en la fotografía post mortem no es la intención de los deudos ni los métodos del retratista, es más bien la pretensión de que muertos y vivos se unieran en un solo retrato, en el cual los fallecidos debían parecer “lo menos muertos posible”. Dicho de esta torpe manera y para lograr esa “apariencia de vida”, recurrían no solamente a aparatos diseñados para sostener al cuerpo en pie –por detrás, para que no se notara-, sino a trucos de maquillaje algo macabros. El artista de la fotografía solía pintar sobre los párpados cerrados del cadáver, unas vivarachas pupilas, que a veces engañaban al mejor observador, haciendo parecer al cuerpo sin vida “realmente vivo”. Otras veces, debido a la tristeza, tensión y cansancio de la situación, los vivos que acompañaban a sus muertos en estos retratos podían parecer los “difuntos”, pues lucían desencajados y algo borrosos.

La fotografía post mortem es el reflejo de una época y de una forma de ver la vida -y la muerte- que hoy nos resulta francamente extraña, incomprensible. 

Sobre todo ahora, que la muerte nos averguenza tanto como el envejecimiento; sobre todo ahora que huimos de nuestros familiares enfermos y nos negamos a acompañar a otros en su tránsito hacia lo desconocido. 

Quizás la fotografía post mortem fuese una forma de necrofilia socialmente bien vista. O quizá simplemente la gente necesitaba poder recordar a sus seres queridos -echarles el último vistazo,digamos- en un acto de negación de la muerte como vencedora. Sencillamente inmortalizando a sus muertos queridos, convirtiéndolos en eternos bellos durmientes.




En todo caso, rescatemos lo siguiente, algunos monjes tenían este lema: "Memento mori, memento vivire": "recuerda que has de morir, recuerda que has de vivir".
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