Viviendo la posteridad


Ya estamos instalados en la posteridad. En cada pequeño acto de nuestra vida cotidiana, está la intención de dejar una pequeña huella, una marca. Por ejemplo, en el mensaje que dejamos en nuestra red social favorita, ese que todos leerán si nos morimos antes de desactivar la cuenta; en las fotos de la última fiesta o reunión, que colgamos presurosos y exhibicionistas. O en los blogs que llenamos con nuestras obsesiones preferidas.

Vivimos para una imaginaria posteridad, cuando menos podemos jugar a que esta existe, y tomar la delantera eternizándonos en mensajes, ideas y opiniones.

Por eso invitamos a quien lo desee, a dejar una huella en este espacio.


martes, 15 de mayo de 2012

Eugenio Dittborn. 1943. Santiago De Chile, Chile





Para encarar un acercamiento a su obra, mencionaremos dos procedimientos suyos, dos de sus estrategias, Una de ellas introduce mediaciones que difieren el cumplimiento de la imagen. Por una parte, Dittborn recurre a figuraciones de segunda mano; no representa directamente personas o situaciones: lo hace mediante el rodeo de la fotografía encontrada, las caricaturas o grabados. El artista perturba la puntualidad de la representación interponiendo en su itinerario sucesivas instancias de la representación interponiendo en su itinerario sucesivas instancias que postergan su cometido. Por otra parte, emplea imágenes obtenidas de fuentes muy diversas: revistas, dibujos infantiles o catálogos de historia del arte. Pero esta promiscuidad produce resultados parcos. A la incontinencia iconográfica globalizada Dittborn opone un repertorio frugal: pocas figuras se repiten obsesivamente a lo largo de su obra mediante un gesto reiterativo, compulsivo, que es parte de su poética. No solo son figuras repetidas, sino inactuales: son imágenes anticuadas que dislocan toda pretensión conciliadora de la forma amparada en la sincronía, en la tregua reparadora del presente concertado.



Basada en la acción de la mancha y el pliegue, la segunda estrategia instala sustancia y huella de sí, contorno y fondo que anula y redime la figura; principio que atraviesa el soporte de la representación y tiñe el otro lado. El pliegue también delata una ausencia: es un indicio, el rastro de un doblez; y también afirma una presencia plena: es el propio repliegue de la tela o el papel que niega el plano de la inscripción y remite a su detrás imposible. El pliegue y la mancha, exigen que la materialidad misma de la obra devenga premisa significante. Pero, también fuerzan a que la obra, delatada en su contingencia física, reenvíe a un más allá de su propio campo. Expuesto en su intimidad material, impregnable, plegable, la obra trasciende no sólo el armazón y el marco, sino los encuadres institucionales. Se ubica en el umbral de la escena de la representación; allí se expone (se muestra al deseo de la mirada). Toda la estrategia aeropostal de Dittborn, momento central de su trabajo, descentra los circuitos del arte: la operación mediante la cual la obra se pliega y se despliega deviene condición de su éxodo constante. Pero también de su súbita detención: la mancha ciega y paraliza la imagen que tapa; la vuelta del lienzo sobre sí instala el silencio, el momento de la espera.
Mediante esa doble maniobra de manifestación y ocultamiento se juega la batalla que, tras el intento de rozar por un instante lo real, libra Dittborn contra la representación; batalla trágica cuyo destino es ser jugada en frentes una  y otra vez renovados. Dittborn hace de esa tensión insoluble un expediente para contrariar toda estabilidad de sentido. Entre la actividad de la imagen y su encalladura se abre un mínimo 
intervalo para el acontecimiento.

Extraído del libro "100 Artistas Latinoamericanos"


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