Viviendo la posteridad


Ya estamos instalados en la posteridad. En cada pequeño acto de nuestra vida cotidiana, está la intención de dejar una pequeña huella, una marca. Por ejemplo, en el mensaje que dejamos en nuestra red social favorita, ese que todos leerán si nos morimos antes de desactivar la cuenta; en las fotos de la última fiesta o reunión, que colgamos presurosos y exhibicionistas. O en los blogs que llenamos con nuestras obsesiones preferidas.

Vivimos para una imaginaria posteridad, cuando menos podemos jugar a que esta existe, y tomar la delantera eternizándonos en mensajes, ideas y opiniones.

Por eso invitamos a quien lo desee, a dejar una huella en este espacio.


martes, 19 de junio de 2012

Horst P. Horst




Después de un breve período de interés por la arquitectura y un cursillo práctico con Le Corbusier en París que lo aburrió, Horst P. Horst llegó a la fotografía gracias a la intervención de su amigo George Hoyningen-Huene.Janet Flaner, del  “New Yorker”, había descubierto sus fotos en una pequeña exposición organizada en una galería de Passy.El resultado fue un primer contacto para “Vogue”, la revista a la que Horst permanecería fiel durante toda su vida.
     Ciertamente, Horst no revolucionó la fotografía de moda, pero contribuyó indudablemente a su perfeccionamiento. La segunda generación de fotógrafos de moda todavía tenía que definir los lineamientos fundamentales de ese género fotográfico. Los primeros interrogantes consistían en saber si la fotografía debía ser una copia de la realidad, si el atuendo de la modelo debía o no captar el interés central de la imagen, y en qué medida las intenciones del fotógrafo podían interferir en ese contexto.
   

  Lo que caracterizaba a la fotografía de Horst era, ante todo, su concepción de la belleza. Horst había analizado intensamente las poses clásicas y había estudiado la escultura griega y la pintura del clasicismo. Le interesaban especialmente ciertos detalles como la posición de las manos, porque tenía conciencia de que muy pocas personas saben qué hacer con sus manos y sus brazos mientras son fotografiadas. La combinación de poses y actitudes estudiadas, parcos accesorios y una luz simple pero hábilmente dirigida, desempeña un papel decisivo en aquello que se conoce como las habilidades ilusionistas de Horst. En efecto, él sabía transformar simples planchas de madera en suntuosos mobiliarios, cilindros de cartón en columnas antiguas, y moldes de yeso en ricos mármoles. Cualquiera que sea el objeto fotografiado, Horst siempre lo convierte en un elemento de su ideal clásico. Pero en ningún momento se propuso hacer confundir ese universo ideal con la realidad. Él se contentó con mostrarlo como una ficción, como una proyección de su ideal de belleza. Su belleza era distanciada, fría e inaccesible: su erotismo y su seducción solo eran representaciones intelectuales, una especie de imagen onírica ubicada mucho más allá de los instintos animales. Esa distancia entre sus fotografías y la realidad lo convirtieron en un artista de su época; en alguien que amó ciertamente el mundo del consumo y las ilusiones de la publicidad, la belleza y la moda; alguien que los reprodujo con pasión, pero fue consciente de su carácter de ilusión y los veneró justamente por eso.
RM



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