Viviendo la posteridad


Ya estamos instalados en la posteridad. En cada pequeño acto de nuestra vida cotidiana, está la intención de dejar una pequeña huella, una marca. Por ejemplo, en el mensaje que dejamos en nuestra red social favorita, ese que todos leerán si nos morimos antes de desactivar la cuenta; en las fotos de la última fiesta o reunión, que colgamos presurosos y exhibicionistas. O en los blogs que llenamos con nuestras obsesiones preferidas.

Vivimos para una imaginaria posteridad, cuando menos podemos jugar a que esta existe, y tomar la delantera eternizándonos en mensajes, ideas y opiniones.

Por eso invitamos a quien lo desee, a dejar una huella en este espacio.


miércoles, 6 de junio de 2012

Nota sobre Circo Sauer (SIC) de Jose Carlos Ramos por Alfonso Castrillón Vizcarra



Largo el camino de una amistad que tiene más de cuarenta años, desde los setenta del siglo pasado. ¡Cáspita!, como ha pasado el tiempo cuando visitaba el taller de la calle Belén, en el centro de Lima. Era la época en que José Carlos ya había experimentado la cartongrafía con bastante éxito y entraba a sus especulaciones sobre el arte popular que le abrieron una veta riquísima, la del héroe latinoamericano y su identificación con el paisaje andino. Dentro de esta línea, no dudó en extender sus ambiciones geográficas y se aventuró a interpretar al “hombre representativo”, al héroe de la emancipación estadounidense, George Washington, No se puede soslayar en estas propuestas del artista cierta ironía y desacralización de las grandes figuras de la historia americana. En uno de sus cuadros sobre Bolívar lo representa con la cabeza de García Márquez y si es así Macondo puede ser Latinoamérica. 
En La sonrisa maravillosa de George Washington (2000-02), serie que representa al héroe con una sonrisa injertada, que puede ser la del autor o la de cualquiera de nosotros, José Carlos camina al borde del abismo del atrevimiento irreverente. Cuando retrata a Haya de la Torre un realismo temeroso y púdico lo cohíbe: la historia reciente y familiar le ata las manos. Pero la coyuntura es mala consejera, su camino no es el de la pintura oficial, sino el de la imaginación desbocada, atrevida y desafiante.
En Visión Global (2004), pareciera que buscara un pretexto para regodearse haciendo desnudos al claroscuro; no solamente eso. En esta especie de “De profundis”, donde el grupo humano de espaldas clama en la oscuridad, el artista se ha tomado un tiempo de meditar sobre la existencia del hombre que: “sin más ropaje que su piel” espera el juicio final.


Luego fue el turno de Los caballos que vinieron del cielo, esculturas en plata o en bronce, un ejercicio manierista sobre el tema de los caballos (o yeguas) blancos, en cierta anera antropomorfizados en el gesto sensual siempre dispuestos a la entrega y ala cópula. Ramos echa mano aquí a un recetario Kitsch, con reminiscencias dela pintura tradicional china, a la que agregó una buena dosis de humor como los huevos fritos que pueden convertirse ambiguamente en flores decorativas. Pero esa época pasó para dar lugar a otra serie, tragicómica, de luces y sombras, pero de gran despliegue imaginativo: circo Sauer (sic)
El circo que se imagina Ramos está ubicado, unas veces, en la tierra, perdido entre las montañas andinas; otras, la mayoría, nos presenta un circo sideral, en el espacio cuajado de estrellas y cometas, en un mundo suspendido, muy lejos de las contingencias terrenas, sin público, pero donde todo puede ser posible. Esta surrealidad entusiasma a Ramos que la acentúa sumiendo todo en la oscuridad: en esta noche eterna los personajes y las cosas brillan con luz propia. Saltimbanquis  y equilibristas aluden a la precisión y la estática, muy lejos del caos. Los animales de su imaginada zoología son albinos y se presentan en esta ficción heráldica entre pesados cortinajes, borlas, joyas, armiños, mientras señala la ruleta con cinco puntos cardinales, como las vocales-. En Se salió el mar… (2009), un payaso quiere introducir toda el agua marina en una botella y este imposible no nos llama la atención, si comprendemos que Ramos escribe con enigmas y alude a los problemas limítrofes con vuestros vecinos del sur.
El circo ha sido, y es todavía un espacio donde se celebra la alegría, el mundo de los payasos chillones; del virtuosismo cronometrado y pasmoso de los trapecistas y equilibristas, pero también el lugar melancólico de los animales amaestrados a golpes de fuete, de los vestidos raídos y parchados y de la luz mortecina y nostálgica del alumbrado provinciano. Frente a este estereotipo, el circo que nos presenta José Carlos Ramos es un circo metafísico lleno de signos arcanos y preguntas que no tienen respuesta, cuyo público no está representado en el cuadro, sino fuera de él, somos nosotros.

Desde sus incursiones en la cartongrafía(1964-65), técnica inventada por el artista, pasando por etapas de exaltada creatividad con las que se ganó un nombre en el arte latinoamericano, José Carlos Ramos tiene el mérito de sorprendernos porque ha mantenido despierta la imaginación, atentos su sexto sentido artístico y su terca fe en la pintura como lo demuestra la exposición que presentamos hoy día.

Alfonso Castrillón Vizcarra.
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